
La historia del procurador madrileño que destinó su patrimonio a crear un asilo para atender a hombres ancianos pobres de Pinto, garantizándoles una vejez digna.
Hay personas cuyo legado desaparece con el paso del tiempo. Otras, sin embargo, consiguen que su nombre permanezca unido para siempre a la historia de un pueblo. Ese fue el caso de Pedro Faura y Moreu, un acomodado procurador de los Tribunales de Madrid que decidió destinar prácticamente toda su fortuna a garantizar una vejez digna a los hombres ancianos pobres de Pinto.
Su nombre apenas resulta hoy conocido para la mayoría de los vecinos. Sin embargo, gracias a él nació el Asilo de San Pedro, la primera gran institución de beneficencia privada del municipio y el origen de una obra social que, años más tarde, continuaría con el Asilo de Santa Rosa de Lima y acabaría convirtiéndose en una de las páginas más importantes de la historia asistencial pinteña.
Con este artículo iniciamos una serie dedicada a recuperar la memoria de aquella fundación y de las personas que hicieron posible que decenas de ancianos sin recursos encontraran un hogar cuando más lo necesitaban.
Un jurista de prestigio
Pedro Faura y Moreu nació hacia 1836, hijo de Pedro Faura y Teresa Moreu, naturales de Segovia. Vivió en Madrid, primero en la calle Mesón de Paredes y, años después, en la calle de Santa María, número 9. Permaneció soltero durante toda su vida y nunca tuvo descendencia.
Su profesión ayuda a comprender la posición económica que alcanzó.
Era procurador de los Tribunales, una figura jurídica de enorme importancia en la España del siglo XIX. Los procuradores eran los representantes legales de los ciudadanos ante los juzgados y tribunales. Actuaban en nombre de sus clientes durante los procedimientos judiciales, mantenían la relación con jueces y abogados y velaban por la correcta tramitación de los asuntos procesales. Era una profesión que exigía una sólida preparación jurídica, una gran reputación y una estrecha vinculación con la Administración de Justicia.
Aquella actividad profesional permitió a Pedro Faura reunir un importante patrimonio compuesto por inmuebles urbanos, valores mobiliarios y otros bienes que, con el tiempo, acabarían convirtiéndose en la base económica de una de las fundaciones benéficas más importantes de Pinto.
Un hombre que llegó a Pinto… y decidió quedarse para siempre
En el verano de 1867, Pedro Faura adquirió una amplia casa situada en la entonces calle de Valdemoro —actual calle de Pedro Faura—, una vivienda con corrales, cuadras, bodegas e incluso un lagar o molino de aceite.

Todo indica que aquella compra respondió inicialmente a un uso residencial. Pedro Faura viviría todavía veintisiete años más, por lo que resulta difícil pensar que adquiriera el inmueble con la única intención de convertirlo en un asilo.
Aunque no existe ningún documento que lo afirme expresamente, es una hipótesis perfectamente razonable pensar que Pedro Faura formó parte de aquella colonia veraniega madrileña que, desde mediados del siglo XIX, comenzó a descubrir Pinto como lugar de descanso estival. Su elevada posición económica encaja plenamente con el perfil de aquellos profesionales acomodados que buscaban en la localidad un ambiente tranquilo, saludable y alejado del bullicio de la capital.
Con el paso de los años, aquel madrileño terminó desarrollando un profundo vínculo con Pinto. Un afecto que acabaría transformándose en uno de los mayores actos de generosidad que recuerda la historia del municipio.
Del patrimonio familiar a una obra de beneficencia
El contraste entre sus dos testamentos resulta especialmente revelador.
Cuando otorgó el primero, el 22 de enero de 1860, Pedro Faura apenas tenía 24 años. En aquel documento únicamente nombró herederas universales a sus hermanas Eulalia y Paulina Faura, sin hacer todavía ninguna referencia a instituciones benéficas.
Veinticinco años después, sin embargo, su pensamiento había cambiado profundamente.
El 20 de junio de 1885, al otorgar su segundo y definitivo testamento, ya no pensaba únicamente en su familia. Había diseñado cuidadosamente una fundación destinada a sobrevivirle y a proteger a quienes carecían de recursos.
Dispuso que, tras el fallecimiento de su hermana Eulalia, se constituyera un establecimiento benéfico que llevaría el nombre de Asilo de San Pedro, destinado inicialmente a acoger a doce hombres pobres mayores de sesenta años, ampliando ese número si las rentas del patrimonio lo permitían. Mientras tanto, Eulalia disfrutaría del usufructo de la herencia: podría percibir los alquileres, disponer del dinero en efectivo, utilizar las rentas y administrar libremente las joyas y bienes muebles. Sin embargo, no podría vender, hipotecar ni gravar las casas, pues Pedro Faura ya había fijado para ellas un destino irrevocable: convertirse en el patrimonio permanente del futuro asilo.
Pero Pedro Faura no solo legó una importante fortuna, sino también un modelo de gestión extraordinariamente moderno para su época. Su principal preocupación era que el patrimonio nunca se dilapidara. Por ello dispuso que, una vez fallecida Eulalia, los testamentarios pudieran conservar las fincas en alquiler o venderlas si lo consideraban más conveniente. En este último caso, el importe obtenido no debía gastarse, sino invertirse en una inscripción intransferible, de modo que solo pudieran emplearse los intereses para el sostenimiento del Asilo de San Pedro, manteniendo intacto el capital de forma indefinida. Con este sistema garantizaba la viabilidad económica de la institución y aseguraba que su obra benéfica pudiera perdurar generación tras generación. Además, prohibió que los conflictos se resolvieran en los tribunales para evitar gastos innecesarios y dejó escrito que estos establecimientos «no necesitan lujo, sino modestia, decencia y buena administración».
Una fundación con un sólido patrimonio
La obra benéfica ideada por Pedro Faura no dependía de limosnas ni de ayudas ocasionales.
El procurador diseñó una fundación económicamente sostenible, respaldada por un importante patrimonio inmobiliario cuyos rendimientos debían garantizar el mantenimiento del asilo.
Además de la casa de Pinto destinada a albergar la institución, sabemos que el patrimonio fundacional incluía propiedades que Pedro Faura tenía dentro y fuera de Madrid. Únicamente conocemos que, entre estas, se encontraban las casas números 17 de la calle de Jesús y María y 13 de la calle de Cabestreros, en Madrid; la casa número 8 de la calle Real de Arganda, en el entonces municipio de Vallecas; y la mitad indivisa del solar número 28 de la calle Montera, también en Madrid.
Un legado que sobrevivió a su fundador
Pedro Faura falleció en Madrid el 11 de marzo de 1894, a los 58 años.

Menos de un año después fallecía también su hermana Eulalia.
Solo entonces pudo hacerse realidad el deseo que había concebido años atrás.
El 12 de febrero de 1895 nacía oficialmente el Asilo de San Pedro, una institución destinada a ofrecer alojamiento, alimentación y cuidados a los hombres ancianos pobres de Pinto que carecían de recursos y de familia.
Había comenzado como la residencia de verano de un acomodado procurador madrileño y acabó convirtiéndose en uno de los mayores ejemplos de generosidad y compromiso social que ha conocido la historia de Pinto.
Continuará.




