Sensación de Vivir «Beverly Hills, 90210»

Hay recuerdos que parecen pequeños hasta que pasan los años y nos damos cuenta de que forman parte de toda una generación. Para quienes fuimos adolescentes y jóvenes en Pinto durante los años 90 y principios de los 2000, uno de esos recuerdos tiene que ver con algo tan cotidiano como ir a comprar ropa. Hoy tenemos centros comerciales por todas partes, grandes cadenas de moda, tiendas online y redes sociales donde podemos descubrir en segundos qué se lleva. Entonces no. Si querías saber qué era lo último, qué marca llevaba todo el mundo o qué acababa de llegar a las tiendas, tenías que salir a la calle y recorrer los comercios de Pinto.

Y había tiendas que eran auténticas referencias para los jóvenes. No estamos hablando aquí de las tiendas de ropa infantil o de establecimientos destinados a otros públicos, sino de aquellos comercios a los que acudíamos los adolescentes y jóvenes cuando queríamos vestirnos siguiendo las tendencias del momento. Queríamos los vaqueros que llevaban nuestros amigos, las marcas que empezaban a verse por todas partes, las camisetas que acababan de llegar, las cazadoras o aquello que habíamos visto y que inmediatamente queríamos tener.

También había algo que hoy resulta difícil de imaginar: las tendencias no llegaban únicamente a través de las tiendas. La televisión tenía una enorme influencia. Series como Sensación de vivir (Beverly Hills, 90210) marcaron a toda una generación y también influyeron en nuestra manera de vestir. Los jóvenes veíamos cómo vestían Brandon, Brenda, Dylan, Kelly o Donna y aquellas prendas, aquellos estilos y aquellas marcas terminaban convirtiéndose en referencias que queríamos trasladar a nuestra propia forma de vestir.

Sapporo: una tarde entre amigas

En la calle Hospital estaba Sapporo, una de esas tiendas que forman parte de la memoria de muchas chicas que fueron adolescentes en aquella época. Porque ir a Sapporo no consistía simplemente en entrar, comprar una prenda y marcharse. Muchas veces se iba con todo el grupo de amigas y aquello podía convertirse en un auténtico plan para pasar la tarde. Una se probaba ropa y las demás opinaban, se miraban los escaparates, se repasaban las novedades, se comentaban las tendencias y se decidía qué era lo que realmente se llevaba.

Para muchas adolescentes, Sapporo era uno de esos lugares donde había que estar para saber qué estaba pasando en la moda joven de Pinto. Se podía pasar allí una tarde entera entre prendas, probadores y conversaciones sobre lo que acababa de llegar y lo que empezaba a llevarse. Era una forma de quedar, de estar juntas y de compartir algo tan importante a esa edad como la manera de vestir.

Además, eran otros tiempos. Las tiendas funcionaban de una manera mucho más sencilla y abierta que ahora, sin los sistemas de seguridad que hoy encontramos prácticamente en cualquier establecimiento. Eso también forma parte de la fotografía de aquellos años, cuando comprar ropa era una experiencia mucho más cercana y menos condicionada por los mecanismos de seguridad actuales.

Levi’s, Pepe Jeans, Lee, Liberto… y los imprescindibles El Charro

Para quienes buscaban determinadas marcas estaba también El Tío Sam, en la calle Buena Madre, una tienda con más trayectoria y muy reconocible para toda una generación. Su propietario era un hombre alto, siempre muy bien vestido y con una característica que muchos recordarán perfectamente: aquel bigote tan singular, perfectamente cuidado y arreglado, que hacía que su imagen resultara inconfundible.

En El Tío Sam podíamos encontrar marcas como Levi’s o Pepe Jeans, que entonces tenían un enorme peso entre los jóvenes. Y también estaba El Charro, una marca que se convirtió prácticamente en un elemento imprescindible de la moda juvenil de aquellos años, especialmente por sus cinturones y sus camisetas. Porque, seamos sinceros, en aquella época todo el mundo llevaba un cinturón El Charro.

También estaba Peletería Almudena, regentada por Mari Carmen Salinero, un establecimiento que estaba prácticamente repleto de jeans y donde encontrar un vaquero podía convertirse en toda una experiencia. Mari Carmen tenía una habilidad que muchos clientes recordarían: con solo mirarte sabía perfectamente cuál era tu talla, qué modelo podía quedarte mejor e incluso qué marca era la que estaba hecha para ti. Allí se podían encontrar Levi’s, Lee, Liberto, El Charro y otras prendas que marcaban las tendencias de aquellos años.

Los vaqueros tenían una importancia enorme y llevar una determinada marca podía decir mucho. Había prendas que queríamos simplemente porque estaban de moda, pero también había marcas que directamente queríamos tener. Los nombres de aquellas firmas formaban parte de nuestras conversaciones y de nuestras referencias cuando entrábamos en una tienda buscando algo nuevo.

Y si buscabas algo más exclusivo: LEO UOMO

Y luego estaba otra opción para quienes querían buscar algo más exclusivo, prendas de marcas de mayor nivel o simplemente algo diferente a lo que podía encontrarse en las tiendas más habituales. Junto a la cafetería Géminis estaba LEO UOMO, donde podías encontrar marcas como Lacoste y Caramelo.

Fotograma del escaparate de LEO UOMO en 1994

Aquellos polos de Lacoste o las prendas de Caramelo representaban para muchos jóvenes un escalón diferente dentro de la moda. No se trataba únicamente de seguir una tendencia, sino también de llevar una determinada marca, una prenda reconocible y, en cierto modo, acceder a un tipo de ropa algo más exclusivo. Y también entonces sabíamos perfectamente dónde teníamos que ir dependiendo de lo que buscábamos.

Cuando no había centros comerciales a la vuelta de la esquina

Ahora puede parecer difícil imaginarlo, pero la realidad es que no teníamos los centros comerciales que tenemos hoy. Si querías encontrar determinadas marcas o una oferta de moda mucho más amplia, tenías que desplazarte a Madrid o a alguno de los pocos centros comerciales que había entonces. Para los adolescentes, que dependíamos muchas veces de nuestros padres o del transporte público, no era algo que pudiéramos hacer cualquier tarde.

Por eso las tiendas de Pinto tenían tanta importancia. El comercio local era nuestro centro comercial. Íbamos andando, quedábamos con los amigos, mirábamos escaparates, entrábamos en una tienda, nos probábamos ropa, preguntábamos qué había llegado nuevo y, muchas veces, terminábamos pasando allí buena parte de la tarde. El acto de comprar estaba mucho más ligado a la calle, a las amistades y a la vida cotidiana del municipio.

Vestir como vestíamos nosotros

Y hay algo curioso cuando uno recuerda aquella época. Queríamos tener nuestro propio estilo, sí, pero también queríamos llevar lo que llevaba todo el mundo: los vaqueros que estaban de moda, la camiseta que acababas de ver a otro, la marca que empezaba a aparecer entre tus amigos, el polo que todo el mundo quería o aquella cazadora que acababa de llegar a la tienda.

La moda también era una forma de pertenecer al grupo. Había una frase que entonces tenía muchísimo sentido: «Eso lo lleva todo el mundo». Y precisamente por eso nosotros también lo queríamos. Queríamos estar al día, no quedarnos atrás y vestir como vestían nuestros amigos. Las tendencias nos llegaban por la televisión, por las revistas, por la calle, por los escaparates y, sobre todo, por lo que veíamos llevar a los demás.

Hoy podemos descubrir una tendencia en Instagram, comprarla desde el móvil y recibirla en casa al día siguiente. Entonces teníamos que hacer algo mucho más sencillo: salir a Pinto, recorrer sus calles, mirar los escaparates y entrar en aquellas tiendas que sabíamos que tenían lo que buscábamos.

Y quizá por eso recordamos tanto aquellos comercios. Porque no solo comprábamos ropa. Vivíamos alrededor de ellos. Sapporo, El Tío Sam, la tienda de Mari Carmen Salinero, LEO UOMO y otras que seguramente irán apareciendo en los recuerdos de quienes vivieron aquellos años eran nuestros referentes, nuestros escaparates, nuestros lugares para descubrir lo nuevo y, en muchos casos, nuestros puntos de encuentro.

Porque cuando éramos adolescentes, ir de tiendas era también una forma de quedar con los amigos, pasar la tarde y vivir Pinto. Y ahora, más de veinte años después, resulta curioso comprobar que somos capaces de recordar perfectamente dónde comprábamos aquellos vaqueros, aquel polo, aquella camiseta o aquel cinturón que prácticamente llevábamos todos.

Quizá porque la ropa no era solo ropa. Era una parte de nuestra juventud y también una parte de la historia cotidiana de Pinto.

El comercio local también forma parte de nuestra historia

Y quizá recordar todo aquello debería servirnos también para mirar hacia el presente. Porque detrás de cada pequeño comercio de nuestros barrios y nuestros pueblos no hay simplemente un escaparate o una persiana que se abre cada mañana. Hay familias, proyectos de vida, personas que llevan años trabajando y que conocen a sus clientes por su nombre, sus gustos, sus necesidades y, muchas veces, hasta su talla.

Aquella atención personal que encontrábamos en tiendas como las que hemos recordado se ha ido perdiendo poco a poco. Hoy podemos comprar desde cualquier lugar y a cualquier hora, comparar miles de productos y recibirlos en nuestra casa en cuestión de días o incluso de horas. Es cómodo, indudablemente, pero también hemos perdido una parte de aquella relación humana que existía entre el comerciante y el cliente.

Por eso quizá deberíamos intentar encontrar un equilibrio. Seguir utilizando las posibilidades que nos ofrece el comercio online y las grandes superficies cuando lo necesitemos, pero sin olvidarnos de las tiendas de nuestros barrios y de nuestros pueblos. Porque cada compra que hacemos en un comercio local contribuye a mantener una persiana abierta, un empleo y, muchas veces, el proyecto de vida de una familia.

El comercio local no es únicamente un lugar donde comprar. Es lo que da vida a nuestras calles, a nuestros barrios y a nuestros pueblos. Es el escaparate encendido, la persona que te conoce, el consejo que recibes cuando no sabes qué elegir y esa atención personal que ninguna plataforma puede sustituir completamente.

Quizá dentro de otros veinte años alguien recuerde las tiendas de Pinto de hoy con la misma nostalgia con la que nosotros recordamos Sapporo, El Tío Sam, Mari Carmen Salinero o LEO UOMO.

Y sería una pena que algunas de esas tiendas ya no existieran simplemente porque dejamos de entrar en ellas.

Porque comprar también es una forma de decidir qué tipo de calles, de barrios y de pueblos queremos conservar.

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