Hay lugares de Pinto que forman parte de nuestra memoria. El Asilo de San Pedro es uno de ellos. Durante décadas, aquel edificio situado en la antigua calle de Valdemoro —hoy calle Pedro Faura— fue mucho más que una casa: fue el hogar de hombres mayores sin recursos a los que la fundación creada por Pedro Faura quiso proporcionar una vejez digna.

Pero ¿cómo era realmente aquel edificio?

La respuesta se encuentra, en buena medida, en la documentación conservada sobre el inmueble y en las descripciones realizadas a lo largo de su historia. Gracias a ellas podemos reconstruir cómo estaba organizado y hacernos una idea bastante precisa de cómo era la vida cotidiana entre sus paredes.

Una antigua casa con molino de aceite

La historia del edificio había comenzado mucho antes de convertirse en asilo.

El Registro de la Propiedad permite saber que Pedro Faura adquirió en 1867 una casa situada en la calle de Valdemoro, haciendo esquina con la calle del Torrejón. La finca estaba formada por una casa de planta baja y principal, distribuida en habitaciones, además de espacios destinados a labores agrícolas y domésticas: corrales, cuadras, pajares y bodegas.

Y tenía una particularidad que hoy resulta sorprendente: en la propiedad se encontraba también un molino de aceite, con su prensa, tinajas y demás elementos necesarios para su funcionamiento.

Aquella casa sería, años después, el lugar elegido por Pedro Faura para instalar el Asilo de San Pedro. No se trataba, por tanto, de levantar desde cero un edificio asistencial, sino de transformar y adaptar una propiedad existente.

Un edificio pensado para los ancianos

Cuando el Asilo quedó instalado, el inmueble había experimentado una profunda transformación.

La descripción del edificio señala que se reservaron 342 metros cuadrados para luces, ventilación, servicios y recreo de los asilados, mientras que la superficie edificada, entre las partes de nueva planta y las reformadas, alcanzaba aproximadamente 508 metros cuadrados. La construcción se organizaba en planta baja, planta principal y planta de armaduras, es decir, la zona superior bajo cubierta.

Y Pedro Faura había dejado claro en su testamento por qué había elegido precisamente aquella casa de Pinto. Consideraba que reunía las condiciones necesarias de “extensión, ventilación y demás requisitos de salubridad”, y entendía que un establecimiento destinado a personas pobres no necesitaba lujo, sino “modestia, decencia y buena administración”.

Es una frase especialmente reveladora porque permite entender la filosofía que había detrás de la fundación.

La planta baja: el corazón de la vida cotidiana

La planta baja concentraba buena parte de los servicios necesarios para el funcionamiento diario.

Había un portal y una portería, con habitaciones destinadas al portero o encargado del establecimiento. También se encontraba allí una caja de escalera, un comedor, dos cuartos de baño y un salón destinado al recreo de los asilados.

La documentación menciona además una habitación con tres retretes, un cuarto de aseo equipado con cuatro lavabos de hierro esmaltado inglés y sus correspondientes grifos de agua, y un lavadero con dos grandes pilas.

Es decir, el edificio disponía de una infraestructura sanitaria y de servicios bastante considerable para la época. No era simplemente una casa grande en la que se habían colocado camas: había una organización específica para atender las necesidades de sus residentes.

Dos patios para respirar y tomar el aire

Uno de los elementos más llamativos eran sus dos grandes patios ajardinados, situados al norte y al sur.

Su función no era únicamente ornamental. La propia descripción señala que estaban destinados a proporcionar luz, ventilación, servicios y recreo.

Estos espacios abiertos tenían, por tanto, una importancia fundamental. En una época en la que la ventilación y las condiciones higiénicas se consideraban esenciales en los establecimientos asistenciales, disponer de patios interiores y zonas ajardinadas suponía una ventaja considerable.

Pedro Faura había insistido precisamente en que la casa de Pinto reunía buenas condiciones de salubridad. Y aquellos patios eran una parte esencial de ese planteamiento.

Dormitorio común y enfermería

La planta principal era probablemente el espacio más estrechamente relacionado con la vida de los propios asilados.

La descripción habla de un gran dormitorio común para los acogidos y, junto a él, una enfermería.

No conocemos por esta documentación el número exacto de camas ni cómo se distribuían dentro del dormitorio, pero sí sabemos que el proyecto estaba pensado inicialmente para acoger a doce hombres sexagenarios o más, si los fondos lo permitían, tal como había establecido Pedro Faura en su testamento.

También había un espacio destinado a las reuniones del Patronato y una habitación para el vigilante o enfermero, equipada con tres retretes. Los distintos espacios estaban comunicados mediante un pasillo central, que facilitaba la distribución y comunicación interna.

Una capilla dentro del propio Asilo

Y hay otro elemento que nos ayuda a comprender perfectamente la mentalidad de aquella institución: la capilla.

En la crujía de fachada se encontraban las habitaciones destinadas a la vivienda del encargado del Asilo y, frente a ellas, una espaciosa capilla para los actos religiosos.

La presencia de este espacio no era algo accesorio. Pedro Faura había concebido su fundación dentro de la mentalidad asistencial y religiosa de la época, y la atención espiritual formaba parte de la vida de los residentes.

Una cocina preparada para alimentar a los asilados

La cocina constituía otro de los espacios fundamentales.

La documentación describe una cocina principal con zócalo de azulejos, fogones y salidas de humos. Contaba con un fregadero con estructura de hierro y elementos de madera y zinc.

También se especifica la existencia de un horno y un sistema para proporcionar agua caliente.

Y sabemos algo más sobre la alimentación gracias a las cuentas conservadas del Asilo durante los años treinta. En ellas aparecen compras habituales de leche, pan, vino, aceite, verduras, carne, huevos y chocolate, además de otros productos. El Asilo compraba alimentos a distintos comerciantes y establecimientos de Pinto, lo que permite incluso reconstruir parte del tejido comercial del municipio de aquella época.

Agua, aseos y alcantarillado

Otro aspecto que sorprende al reconstruir el edificio es la atención prestada a las instalaciones.

La descripción menciona tuberías de plomo para conducir el agua hasta distintos puntos del inmueble, grifos metálicos, desagües y un sistema de evacuación de aguas conectado a la red correspondiente.

Los escusados disponían de bajadas y acometidas que conducían las aguas hacia un pozo negro situado en las proximidades de la puerta de hierro que daba a la calle del Torrejón.

También existía una amplia escalera hasta la planta superior, donde se encontraban grandes espacios bajo cubierta.

Una casa que se convirtió en institución

La transformación de aquella antigua propiedad en Asilo fue, por tanto, mucho más profunda de lo que podría parecer a primera vista.

De la casa adquirida por Pedro Faura en 1867, con sus habitaciones, corrales, cuadras, pajares, bodegas y molino de aceite, se pasó a un edificio organizado específicamente para una función asistencial.

Había dormitorios, enfermería, comedor, cocina, baños, lavabos, lavadero, patios ajardinados, espacios de recreo, vivienda para el encargado y hasta una capilla.

Y todo ello articulado alrededor de una idea que Pedro Faura había dejado escrita: dar cobijo a hombres mayores sin recursos y garantizar que la institución pudiera mantenerse económicamente en el futuro.

Detalle de un plano de Pinto fechado en 1923 donde está señalado el Asilo de San Pedro

Una institución adelantada a su tiempo

Sin pretender trasladar al siglo XIX los criterios de una residencia actual, resulta llamativo comprobar el grado de organización que llegó a alcanzar el Asilo de San Pedro.

No era únicamente un lugar donde proporcionar techo y comida a unos ancianos sin recursos. El edificio había sido adaptado para atender diferentes necesidades: descanso, alimentación, higiene, atención a los enfermos, recreo y también asistencia religiosa. Todo ello dentro de una institución que debía mantenerse con los recursos que Pedro Faura había dejado establecidos.

Pero para que aquel proyecto pudiera funcionar hacía falta algo más que un edificio y un patrimonio.

Hacían falta personas que se encargaran de administrarlo y de hacer cumplir la voluntad de su fundador.

¿Quiénes fueron aquellos hombres? ¿Quién asumió la responsabilidad de ponerse al frente del Asilo de San Pedro? ¿Qué papel tuvieron el alcalde de Pinto, el juez de paz y el principal propietario de la localidad?

Un documento original hallado nos permite conocer a los protagonistas que estuvieron detrás de la creación de su Patronato y descubrir cómo se organizó la institución para hacerse cargo del legado de Pedro Faura.

Esa será la historia que contaremos en el próximo capítulo de Pinto y su Historia.

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