En la calle El Salvador, en el edificio situado entre esta vía y la calle Real, se alza uno de esos rincones de Pinto que forman parte de la memoria cotidiana del municipio. Es el conocido Bar Mariano. En su fachada, casi sin llamar la atención, permanecen dos anillas de hierro: una cercana al suelo y otra situada a mayor altura. Para muchos pasan inadvertidas; para otros, son un vestigio elocuente de un tiempo no tan lejano.

Estas anillas servían antiguamente para atar a los burros cuando los vecinos acudían al pueblo. Era un gesto tan natural entonces como hoy lo es estacionar un coche. La calle, la fachada y el animal formaban parte de una misma escena cotidiana, integrada en una forma de vida rural y pausada que hoy solo sobrevive en pequeños detalles como estos.

Actualmente, nada de eso sucede. Las calles del municipio se han convertido en espacios dominados por vehículos a motor y contenedores de residuos, propios de la sociedad de consumo en la que vivimos. A veces, incluso, los peatones —que lo somos todos, aunque algunos conductores parezcan olvidarlo— apenas encuentran espacio para transitar por aceras y pasos de cebra, invadidos con demasiada frecuencia. Los restos animales han desaparecido, pero han sido sustituidos por otros problemas muy distintos.

Este contraste entre épocas no es exclusivo de Pinto. En el pueblo burgalés de Villadiego, muy conocido por su gran plaza porticada y por su presencia en el refranero popular, existe una anilla similar incrustada en la pared de una casa. Sobre ella, una lápida con una inscripción que se ha convertido en toda una lección de humildad y memoria histórica.

En una crónica dedicada a Villadiego, se describe así el lugar:
“En esta época del año, que es la de San Antonio y de las cerezas, Castilla está suntuosa, con sus prados verdes alfombrados de amapolas…” y tras detenerse en su plaza mayor, presidida por la estatua del padre Enrique Flórez, se señala como otra de sus notabilidades una simple argolla en una pared, acompañada de una lápida con este texto:

Medita con humildad
cuando aquí aparques el coche:
si en destreza haces derroche
y alarde en velocidad,
modera tu vanidad
y sírvete de consuelo,
que sobre este mismo suelo,
cuando llegaba a esta villa,
con el cordel a esa anilla
ataba el burro tu abuelo.

Palabras —o muy parecidas— que, como bien se afirma en el texto, deberían figurar en todas las plazas mayores de pueblos y ciudades de España. Porque nos recuerdan que no hace tanto tiempo nuestros abuelos se desplazaban en burro, y que este país moderno y tecnológico tiene raíces humildes que no conviene olvidar.

Aún quedan en muchos pueblos rastros de lo que fueron: anillas como esta, destinadas a atar al macho, incrustadas en fachadas que han visto pasar generaciones enteras. No siempre sabemos con certeza de dónde proceden estos versos, pero su mensaje sigue plenamente vigente.

Tomar un café en una taberna bajo los soportales, caminar sin prisa, observar y sentir… es entonces cuando aparecen estas sorpresas que dan carácter a los lugares. En Villadiego, en Pinto o en cualquier pueblo, una simple anilla puede convertirse en un poderoso vínculo con el pasado.

Las dos anillas del Bar Mariano siguen ahí. Ya no atan animales, pero sujetan recuerdos. Y nos devuelven, sin alzar la voz, una verdad sencilla y necesaria: siempre los hubo.

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