
Con la llegada del verano, en esta ocasión me decanto para un nuevo capítulo de El Rincón de Cuchillo de ePinto con una narración mas bien genérica, que pretende que cada lector comente el día a día de eso años 70 y 80, y quienes son más jóvenes, conozcan a grandes rasgos como eran los pinteños de entonces.
Los comienzos
El paisaje urbano de aquellos que ya peinamos canas, en nuestra infancia y juventud no se parecía en nada al laberinto bien planificado de hoy. Entre los setenta y los albores de los ochenta, los barrios estaban en plena metamorfosis: calles a medio asfaltar, descampados que prometían aventuras interminables y un sentimiento de vecindad que se tejía de puerta a puerta. El barrio no era solo el lugar donde vivías; era tu universo entero. Y en esa esfera, los amigos eran una extensión de la propia familia.
Aulas de tinta, madera y patios de tierra

El colegio de aquella época evoca el olor a tiza y los pupitres de madera con tintero incorporado, aunque ya estuviéramos transicionando al bolígrafo Bic (el naranja para escribir fino, el cristal para el trazo normal). Las aulas solían ser numerosas, un reflejo del nacimiento a cascoporro o baby boom de la época, y la disciplina se mantenía con una mirada firme del maestro.
Pero el verdadero run run del colegio latía en el recreo. El patio, muchas veces de tierra o de un cemento tosco que devoraba las rodillas de los pantalones, se convertía en un hervidero de actividad. No hacían falta grandes infraestructuras: unas tizas para pintar el suelo, una goma para saltar, unas canicas o un balón eran más que suficientes para desatar la máxima fogosidad antes de que la campana nos obligara a volver a formar filas.
La calle como el gran salón de juegos
Si algo definía aquellos años eran las ganas de salir a vivir aventuras. «¡Mamá, me voy a la calle!«, era la frase del día a día. Cruzar el umbral de casa significaba entrar en un territorio de libertad absoluta, vigilado de reojo, esos si, por las vecinas que cosían o charlaban sentadas al fresco en las tradicionales sillas de la época.
Los juegos eran pura tracción a sangre y creatividad:
Las chapas: Decoradas con las caras de los ciclistas de la época o los futbolistas de la liga, lastradas con garbanzos o cera para que tuvieran mejor estabilidad en las carreras por el bordillo.
El escondite y el rescate: Juegos colectivos que duraban hasta que la luz del sol se apagaba por completo.
La comba y la goma: Ritmos y canciones que pasaban de generación en generación en los soportales.
Hoy, la diferencia es abismal. Los descampados se han transformado en parques infantiles homologados con suelo de caucho y vallado perimetral. Los niños ya no «bajan a la calle» a solas; las agendas están programadas y los espacios, hipervigilados. Hemos ganado en seguridad, pero se ha diluido aquella maravillosa soberanía infantil del asfalto. Fuera de casa y sin mayores oteando el horizonte, esa era la expresión de felicidad, rodeado de amigos.
La revolución del día a día: De la tele única a los primeros bits

La tecnología de consumo entró en los hogares a paso lento pero transformador. Pasamos de la televisión en blanco y negro con dos únicos canales (la Primera y el UHF), donde toda la familia se sentaba junta a ver Un, dos, tres… o las desventuras de Félix Rodríguez de la Fuente, a la llegada del color y los primeros reproductores de casete.
Los juguetes de la época tenían peso y textura. Los clics de Playmobil (o los Famobil de entonces), el Exin Castillos, los coches de Scalextric o las muñecas de Famosa convivían con un cambio de era musical: del vinilo al casete, grabando las canciones de la radio con cinta celo en las pestañas para no borrar lo anterior. A finales de los ochenta, los primeros videojuegos de ocho bits y los salones recreativos empezaron a mudar la piel del ocio juvenil.
El sabor de una época: Entre panteras rosas y polos de hielo

La memoria de los setenta y ochenta también se saborea. Fue la era dorada de la merienda industrial y los caprichos accesibles. Quién no recuerda el salir del colegio con los dedos manchados por la cobertura rosa de una Pantera Rosa, el chocolate de un Bony o el corazón de nata de un Tigretón, los grandes estandartes de la revolución de los bollos de Bimbo, en la tienda del Egido, al lado de la peluquería de Pacita. ¡Qué recuerdos!
Los postres caseros como las natillas con galleta María o el flan Dhul compartían espacio con los helados que marcaban el ritmo del verano. Los carteles de Frigo o Camy en la puerta del quiosco de helados, eran auténticos mapas del tesoro: el Frigopie, el Drácula, el Calippo o los míticos polos de hielo de naranja y limón que costaban apenas unas pesetas. Para beber, la litrona de Mirinda, el KAS de naranja o los combinados de La Pitusa en las comidas familiares de los domingos.
El rugido del deporte local y las lecturas de contrabando
El deporte se vivía con una pasión de barrio indomable. El juego colectivo no se jugaban en complejos polideportivos de última generación, sino en pistas de cemento con aros artesanales, porterías sin redes o usando dos piedras como postes en mitad de cualquier descampado, o en la parte colindante de la parroquia de Santo Domingo de Silos.
Se seguía la Vuelta a España por la radio y el ciclismo era una religión; los héroes deportivos locales eran auténticos gigantes para los chavales que devoraban kilómetros con bicicletas de paseo o las míticas BH y Torrot.

Y cuando tocaba descansar de la actividad deportiva, el refugio eran las lecturas. Aunque el gran fenómeno del manga japonés y el cómic de importación empezó a asomar la cabeza con fuerza hacia finales de los ochenta gracias a las primeras series de animación televisivas, la transición se hizo leyendo tebeos de Mortadelo, Zipi y Zape, o los super héroes de los 4 Fantásticos, Thor…en los bancos del parque o intercambiando novelas de bolsillo y cómics en los quioscos del barrio. Era una cultura de papel, compartida y gastada de tanto pasar de mano en mano.
Hace años organizamos en Pinto, una exposición de objetos, decoraciones, fotos y videos de aquellos año, expuestas en la Casa de la Cadena. También en la Suite del Lago se ofrecían churros y un concierto de musica a los asistentes, en la explanada junto al lago del parque Juan Carlos I.
Siempre es bueno recordar momentos de esa infancia, adolescencia y adultez. No fueron tiempos mejores ni peores, fueron los que a cierta generación nos tocó vivir y los disfrutamos, con luces y sombras. La vida es aquello que sucede mientras haces planes.
José Juan López Cuchillo.
El Rincón de Cuchillo (ePinto)




