
La mañana del 27 de julio de 1936, el joven sacerdote Manuel Calleja Montero abandonó Pinto junto a su padre, José Calleja Teruel. Hacía apenas nueve días que había estallado la Guerra Civil y ambos intentaban alejarse del municipio tras haber sido retenidos junto a otros 29 vecinos en el Teatro de Pinto, situado frente a la iglesia de Santo Domingo de Silos. Nunca llegaron a su destino. Un grupo de milicianos los interceptó en la carretera de Badajoz, a la altura de Parla, donde fueron asesinados. Manuel tenía tan solo 24 años. Su padre, 54. Noventa años después, reconstruimos uno de los episodios más dramáticos de la historia contemporánea de Pinto.
La Guerra Civil apenas acababa de comenzar cuando Pinto quedó inmerso en un clima de enorme tensión política y social. Como en tantos otros municipios españoles, los primeros días del conflicto estuvieron marcados por detenciones, registros y una creciente violencia que afectó especialmente a quienes eran identificados por sus creencias religiosas o su ideología.
Entre ellos se encontraba Manuel Calleja Montero, coadjutor de la parroquia de Santo Domingo de Silos y capellán del Colegio de San José de las Ursulinas.
Un sacerdote recién llegado a Pinto
Manuel Calleja Montero nació en Madrid el 15 de septiembre de 1911.
El 15 de junio de 1935 fue ordenado sacerdote en Madrid. Al día siguiente celebró su primera misa en la iglesia de los Padres Mercedarios de la calle Silva, muy cerca del domicilio familiar.
Pocas semanas después, el 15 de julio de 1935, tomó posesión como coadjutor auxiliar de la parroquia de Santo Domingo de Silos de Pinto, convirtiéndose este en su primer y único destino pastoral. Al mismo tiempo fue nombrado capellán del Colegio de San José de las Ursulinas, donde desarrolló gran parte de su labor religiosa.

Su estancia en Pinto apenas superó un año.
El cariño de sus feligreses
Según Teresa Esteban Calleja, sobrina del sacerdote y nieta de José Calleja Teruel, la familia decidió trasladarse al completo a Pinto para acompañar al joven sacerdote durante aquel primer destino. Aquella decisión refleja el fuerte vínculo existente entre Manuel y sus padres. Para ellos, aquel joven sacerdote representaba el orgullo de toda la familia después de muchos años de formación en el seminario.
Residieron en una de las dos mitades de la histórica Casa de los Cabello, concretamente en la mitad de la vivienda propiedad de doña Isabel Solo de Zaldívar. Aunque permaneció poco tiempo en la localidad, dejó un profundo recuerdo entre quienes lo conocieron.
Carmen Gippini, en sus memorias sobre aquellos años, recordaba la ilusión con la que sus padres vivían el sacerdocio del joven coadjutor. Escribió que se sentaban siempre en los primeros bancos de la iglesia cuando celebraba misa y que «cuando predicaba lloraban de emoción«.
Ese testimonio contiene algún dato biográfico que no coincide con la documentación familiar —como afirmar que era hijo único, cuando en realidad tenía hermanos—, pero refleja el afecto que despertó entre muchos vecinos y la emoción que vivía su familia al verle ejercer el ministerio sacerdotal.
Los meses anteriores al estallido de la Guerra Civil estuvieron marcados en Pinto por un creciente anticlericalismo.
Uno de los testimonios más reveladores procede de un antiguo monaguillo de Manuel Calleja. Años después recordaría que, ya antes del inicio de la guerra, era frecuente que, al terminar la misa y salir de la iglesia junto al sacerdote, ambos fueran recibidos con insultos y pedradas.
Según su relato, en varias ocasiones las piedras llegaron incluso a golpear al joven sacerdote en la cabeza.
El propio monaguillo contó que un día, al regresar a su casa y explicar a su padre lo ocurrido, un vecino respondió con una frase que nunca olvidó:
—«Poco os han hecho todavía.»
Aquellas palabras reflejan el grado de enfrentamiento que comenzaba a vivirse en determinados sectores de la sociedad pinteña.
Los primeros días de la Guerra Civil
Cuando Manuel Calleja y José Calleja fueron asesinados apenas habían transcurrido nueve días desde el fracaso parcial del golpe militar del 18 de julio. España vivía una situación de absoluto desconcierto. Mientras el país quedaba dividido entre las zonas controladas por los sublevados y las leales a la República, en muchas localidades la autoridad efectiva había pasado a manos de comités y milicias armadas. Las detenciones, registros y represalias comenzaron a multiplicarse, especialmente contra personas identificadas por su ideología o por sus creencias religiosas. Fue en ese contexto de descomposición del orden público cuando se produjeron los acontecimientos que terminarían costando la vida al joven sacerdote y a su padre.
Según la documentación de la Archidiócesis de Madrid, el ambiente se volvió extremadamente peligroso para el clero. Su padre, José Calleja Teruel, comenzó entonces a acompañarlo prácticamente a todas partes, consciente del riesgo que suponía ser sacerdote en aquellos momentos.
Aquel gesto de protección acabaría costándole también la vida.

La detención del 27 de julio
La mañana del lunes 27 de julio, Manuel Calleja acababa de celebrar misa en el colegio de las Ursulinas. El sacerdote regresaba acompañado por su padre cuando ambos fueron detenidos y encerrados en el teatro de Pinto, antiguo Pósito, situado frente a la iglesia parroquial, junto a otros 29 vecinos detenidos.
Es precisamente a partir de este momento cuando las fuentes ofrecen dos versiones diferentes de lo sucedido. Noventa años después siguen coexistiendo dos interpretaciones diferentes sobre las horas previas al asesinato de Manuel Calleja y de su padre.
La versión de Teresa Esteban Calleja
Durante la entrevista mantenida para este reportaje con Teresa Esteban Calleja, sobrina de Manuel Calleja y nieta de José Calleja Teruel, explicó las horas previas al asesinato. Según ese relato, Manuel Calleja y su padre fueron detenidos y conducidos al Teatro situado frente a la iglesia parroquial, donde permanecían retenidas unas veintinueve personas, entre ellas Feliciano Aguilar Lagos, hermano del entonces alcalde de Pinto, Francisco Aguilar Lagos. Los detenidos esperaban la llegada de milicianos procedentes de Madrid para ser fusilados. En un determinado momento, el alcalde ordenó que Manuel Calleja y su padre abandonaran el Teatro y les indicó que marcharan en dirección a Parla, con la intención de salvar al resto de los prisioneros desviando la atención de los milicianos hacia el sacerdote.
Teresa matiza, sin embargo, que esa versión no procede de un relato de su madre, sino de una persona cuya identidad hoy no recuerda, por lo que desconoce el origen de la información.

La versión del nieto del alcalde
Valentín Granados Aguilar, nieto del acalde Francisco Aguilar Lagos, aportó un recuerdo conservado en su familia. Según le había contado su madre en muchas ocasiones, su abuelo ocultó al sacerdote en su domicilio de la calle Terreros, número 3, poniendo en riesgo su propia vida. Recordaba que, en un momento dado, un grupo de milicianos de la CNT acudió a la vivienda preguntando por el sacerdote y que el alcalde respondió que desconocía su paradero. Una vez que los milicianos abandonaron la casa, siempre según esta versión, Francisco Aguilar Lagos aconsejó al sacerdote que huyera para ponerse a salvo. Todo parece indicar que se refiere al párroco de Pinto, Saturnino Salete Larrea, quien logró escapar y salvar la vida.
Se trata de un testimonio oral conservado en la memoria de la familia Aguilar Lagos que aporta una perspectiva diferente sobre el papel desempeñado por el alcalde durante los primeros días de la Guerra Civil en Pinto.
Lo que sí parece fuera de toda duda
A pesar de esas discrepancias, las distintas fuentes coinciden en los hechos esenciales. Manuel Calleja y su padre abandonaron Pinto caminando hacia Parla. Cuando se encontraban en la carretera fueron interceptados por una camioneta ocupada por milicianos que circulaba en dirección Madrid.
El Boletín Eclesiástico de Madrid-Alcalá, publicado en 1943, recoge que aquellos milicianos venían de Toledo y habían sido avisados de la presencia del sacerdote.
El vehículo se detuvo junto a ellos. Padre e hijo fueron obligados a apearse y conducidos hasta las inmediaciones de la vía del ferrocarril. Allí tuvo lugar una escena que ha permanecido viva durante décadas en la memoria de quienes conocieron aquellos hechos.
«Matadme antes que a mi hijo«
Durante la investigación de este reportaje, José Manuel Gómez Cruz me relató una entrevista que realizó años atrás en Belchite (Zaragoza) a un hombre que afirmaba haber presenciado el asesinato de Manuel Calleja Montero y de su padre cuando apenas tenía catorce o quince años. Aquel muchacho había llegado desde Aranjuez acompañando a un grupo de milicianos. No era combatiente, sino un adolescente que actuaba como una especie de ayudante, una situación que no fue excepcional durante los primeros meses de la Guerra Civil, cuando muchos menores se incorporaban a estas columnas como forma de subsistencia.
El testigo recordaba que, tras llegar a Pinto y mantener los milicianos una conversación con el alcalde, el grupo salió en dirección a la carretera de Parla. Allí localizaron a Manuel Calleja y a su padre.
Siempre según este relato, José Calleja imploró primero que perdonaran la vida de su hijo y que acabaran únicamente con la suya, alegando que Manuel era demasiado joven para morir. Al comprender que no accederían a su petición, suplicó entonces que le dispararan antes a él para no presenciar la muerte de su hijo. Los milicianos ignoraron ambos ruegos. Dispararon primero contra Manuel Calleja y, acto seguido, asesinaron a José Calleja Teruel. El testigo recordaba también cómo registraron el equipaje que llevaba el sacerdote, sacando los objetos que transportaba —entre ellos un rosario— mientras se burlaban de padre e hijo.
Aquel hombre, testigo de aquellos asesinatos, arrastró durante toda su vida el recuerdo de aquella escena. Aunque no participó directamente en la ejecución, confesó que nunca consiguió liberarse del remordimiento de haber sido testigo de aquellos hechos. Con el paso de los años se convirtió en una persona profundamente religiosa y reconocía que aquel episodio, junto con otras muertes que presenció durante la guerra, había marcado para siempre su vida.
La Causa General instruida tras la guerra identificó a once milicianos relacionados con el asesinato, constando además que algunos de ellos eran milicianos de Parla.
Las fuentes no permiten reconstruir con total precisión el grado de participación individual de cada uno, pero sí reflejan su implicación en la causa instruida tras la contienda.
La sepultura definitiva en el cementerio de Pinto
Padre e hijo fueron enterrados inicialmente en el cementerio de Parla.
La noticia llegó poco después a la familia. Según recordó Teresa Esteban Calleja, su madre y sus hermanos abandonaron Madrid y trataron de refugiarse en Cataluña con la intención de cruzar la frontera francesa. Al encontrarla cerrada permanecieron allí hasta el final de la guerra.
Terminada la contienda, la familia pudo recuperar en Parla los restos mortales de Manuel Calleja Montero y de José Calleja Teruel y trasladarlos al antiguo cementerio de Pinto, donde recibieron sepultura definitiva.

Un recuerdo que permanece vivo
Noventa años después, la familia continúa conservando numerosos recuerdos de Manuel Calleja y de José Calleja Teruel.
Teresa guarda fotografías familiares, postales manuscritas enviadas por su tío durante su etapa como seminarista, un fajín utilizado durante aquellos años de formación y diversos objetos personales.
Entre todos ellos destaca especialmente un crucifijo que acompañaban a los cuerpos cuando fueron exhumados en Parla y trasladados al cementerio de Pinto.
Su deseo es que todas esas reliquias pasen algún día a formar parte del patrimonio de la parroquia de Santo Domingo de Silos, donde Manuel ejerció su breve ministerio sacerdotal, una vez concluya el proceso de beatificación.
La beatificación, en su fase final
La Iglesia abrió hace años la causa de beatificación de Manuel Calleja Montero y de José Calleja Teruel como mártires de la persecución religiosa.
Según explicó Teresa Esteban Calleja, toda la documentación fue remitida a Roma hace ya más de seis años y el proceso se encuentra actualmente en su fase final.
La familia espera únicamente que se fije la fecha oficial para la ceremonia, que tendrá lugar en la catedral de la Almudena, en Madrid.
Para Teresa, la beatificación supondrá el reconocimiento eclesial de quienes, desde la fe católica, entregaron su vida por Cristo. Recuerda también que su propia madre falleció con el deseo de ver reconocido oficialmente el martirio de su hermano y de su padre.


Noventa años después
Noventa años después de aquellos acontecimientos, la historia de Manuel Calleja Montero y de José Calleja Teruel continúa suscitando preguntas para las que no siempre existe una respuesta definitiva.
La investigación histórica permite reconstruir buena parte de lo ocurrido gracias a los archivos civiles, eclesiásticos y judiciales. Sin embargo, la memoria de las familias conserva matices, recuerdos y versiones que, en algunos aspectos, divergen entre sí.
Lejos de ser un obstáculo, esa diversidad constituye una muestra de la complejidad de la Guerra Civil y de la necesidad de abordar estos episodios con prudencia, distinguiendo siempre entre los hechos acreditados y las tradiciones orales transmitidas durante generaciones.
Lo que ninguna fuente pone en duda es que, en la mañana del 27 de julio de 1936, un joven sacerdote que apenas llevaba un año destinado en Pinto y el padre que decidió acompañarlo para protegerlo fueron asesinados en las inmediaciones de Parla.
Noventa años después, sus nombres siguen formando parte de la memoria colectiva de Pinto. Y mientras los documentos continúan ayudando a reconstruir su historia, las fotografías, las cartas y las reliquias que aún conserva su familia recuerdan que, detrás de aquellos asesinatos, hubo dos vidas truncadas y una herida que el paso del tiempo nunca ha conseguido borrar.




