
La reciente visita de Su Majestad el Rey Felipe VI a Pinto para inaugurar el nuevo Centro de Innovación de Agua y Energía del Canal de Isabel II ha devuelto a la actualidad una imagen poco habitual: la presencia de un monarca en nuestra localidad. Aunque este acontecimiento quedará sin duda grabado en la memoria de los pinteños, no es la primera vez que un rey visita Pinto.
Hace más de doscientos años, el 13 de mayo de 1814, la villa vivió una de las jornadas más emotivas de su historia al recibir a Fernando VII, recién regresado a España tras su cautiverio en Francia durante la Guerra de la Independencia. Aquel rey, conocido por sus partidarios como «El Deseado», despertaba entonces un entusiasmo popular difícil de imaginar en nuestros días.
La noticia de su inminente paso por Pinto movilizó a toda la población. El clero, encabezado por el cura de la villa, don Antonio García Bermejo, el Ayuntamiento y los vecinos prepararon un recibimiento extraordinario destinado a expresar la lealtad y el afecto de la población hacia el monarca.
Para la ocasión se acondicionó el carro que habitualmente servía para portar la imagen de la Virgen en las procesiones religiosas. Aquella estructura fue transformada en un auténtico carro triunfal, ricamente decorado con telas de color carmesí bordadas con abundante oro. Sobre él se colocaron tres asientos especialmente preparados para el rey y los infantes que le acompañaban, convirtiendo un elemento profundamente arraigado en la vida religiosa de Pinto en el símbolo principal de uno de los homenajes más extraordinarios que la localidad ha tributado a una personalidad histórica.

A una distancia moderada del puente de San Antón, las autoridades locales esperaban la llegada de la comitiva real junto a un espectacular carro triunfal. El recibimiento adquirió un carácter casi teatral. Veinte doncellas, ricamente ataviadas, aguardaban para arrastrar el carro una vez que Fernando VII accediera a subir en él. Junto a ellas participaba una danza formada por ocho niñas de menor edad, vestidas con esmero, coronadas con guirnaldas de flores y conocidas popularmente como «las gitanillas». Acompañadas por músicos con instrumentos tradicionales, ofrecían canciones y bailes destinados a entretener a los ilustres visitantes.
Cuando la comitiva real apareció en el horizonte, la emoción se apoderó de los congregados. Tras los saludos protocolarios y las muestras de respeto, Fernando VII aceptó la invitación y tomó asiento en el carro triunfal junto a los miembros de la familia real que le acompañaban.
Entonces comenzó una escena difícil de olvidar para quienes la presenciaron. Entre vítores, aplausos y continuas aclamaciones, el carro avanzó lentamente arrastrado por las doncellas y otros vecinos de la villa. A ambos lados marchaban el clero y los miembros del ayuntamiento, que tuvieron incluso la oportunidad de conversar con el monarca durante el recorrido. Delante avanzaban las pequeñas gitanillas, cuyos bailes y canciones, según relata la crónica de la época, agradaron enormemente a Fernando VII.
La procesión se dirigió hacia el puente de San Antón, donde se había levantado un gran arco triunfal de tres puertas decorado con vistosos tapices. El conjunto constituía una compleja alegoría política y moral. Dos niños vestidos de ángeles sostenían un peso y un espejo, símbolos de la justicia y la prudencia, mientras que otros dos portaban una cadena y una espada, representaciones de la fortaleza y la autoridad. Coronando el conjunto destacaba el retrato de Fernando VII, presidiendo toda la composición.
Fue allí donde el rey descendió del carro para continuar viaje. Los organizadores lamentaron profundamente no poder ofrecer un almuerzo digno de tan distinguida visita, pues les habían asegurado que dicha atención correría a cargo de la vecina villa de Valdemoro.

Sin embargo, poco después ocurrió algo inesperado. Al llegar a un paraje conocido como El Prado, dentro del término de Pinto, Fernando VII y sus acompañantes volvieron a detenerse para tomar un ligero almuerzo que su propia servidumbre había preparado. La comida se celebró al aire libre, sobre la hierba primaveral que cubría el lugar.
Cuando el clero y las autoridades locales tuvieron noticia de ello, aumentó todavía más su pesar por no haber podido culminar el homenaje ofreciendo ellos mismos aquella atención a los miembros de la familia real.
El esfuerzo realizado por los vecinos no pasó desapercibido. La propia comitiva reconoció que, desde su salida de Valencia, no había visto otro carro de semejante adorno y elegancia. Resulta aún más llamativo si se tiene en cuenta que aquel magnífico vehículo no había sido construido para uso cortesano, sino que era el mismo carro utilizado por los pinteños para transportar a la Virgen durante las celebraciones religiosas.
La crónica de aquel día fue enviada posteriormente a un periódico por Manuel de Lusa, quien quiso dejar constancia escrita de lo ocurrido para que el recuerdo de aquel homenaje no cayera en el olvido. En sus palabras se refleja el sentimiento predominante de la época: la convicción de que la felicidad del pueblo y de la nación dependía de la figura del monarca.

Más allá de las valoraciones políticas que hoy puedan hacerse sobre Fernando VII y su reinado, considerado por la práctica totalidad de los historiadores como uno de los más nefastos de la historia de España -marcado por el absolutismo, la represión, las continuas traiciones políticas y el comienzo de la emancipación de las colonias americanas-, aquel episodio constituye un extraordinario testimonio del entusiasmo popular que acompañó su regreso a España tras la Guerra de la Independencia. También revela la capacidad de una pequeña villa como Pinto para organizar una recepción que impresionó a la propia corte.
Doscientos doce años después, otro rey, Felipe VI, ha vuelto a visitar Pinto, como también lo hicieran sus padres. Los tiempos han cambiado, las formas de recibir a los monarcas son muy distintas y ya no se levantan arcos triunfales ni se preparan carros tirados por doncellas. Sin embargo, ambas visitas comparten un mismo denominador común: forman parte de esos momentos excepcionales que quedan grabados para siempre en la historia de un pueblo.
Y es que no todos los días una localidad tiene la oportunidad de recibir a un rey.




