Hubo un tiempo en que la actual plaza de Santiago no era solo un rincón más de Pinto. Allí se alzaba una modesta ermita que daba nombre a la calle y a la plaza, convertidos cada 25 de julio en el escenario de una de las celebraciones más animadas del calendario local. Aquellas fiestas, hoy completamente olvidadas, alcanzaron uno de sus momentos de mayor esplendor en el verano de 1891 gracias al impulso de un grupo de industriales, banqueros y hombres de negocios que habían elegido Pinto como lugar de descanso estival.

La prensa de la época dejó constancia de aquella jornada extraordinaria. Sus crónicas describen un pueblo entregado a la celebración, con procesiones, juegos populares, música, bailes y una iluminación que transformó la calle de Santiago en un auténtico espectáculo nocturno. Detrás de aquel éxito se encontraban algunas de las familias más influyentes de la llamada Colonia Veraniega de Pinto, cuyos nombres todavía resuenan en la historia local: los Mateu, los Gurumeta, los Morales o los Gipinni.

Aquella fiesta fue mucho más que una verbena. Representó el encuentro entre el Pinto agrícola y la nueva burguesía madrileña que comenzaba a descubrir las bondades de una villa situada apenas a unos kilómetros de la capital, bien comunicada por el ferrocarril y considerada un lugar saludable para pasar los meses de verano.

El nacimiento de una colonia de veraneantes

Durante la segunda mitad del siglo XIX, Pinto empezó a atraer a numerosas familias acomodadas de Madrid. Industriales, banqueros, altos funcionarios y profesionales liberales construyeron o adquirieron elegantes residencias donde pasar el verano, lejos del bullicio de la capital.

No era una elección casual. El ferrocarril permitía llegar cómodamente desde Madrid en poco tiempo, mientras que el aire limpio de la campiña, sus aguas, su sol, la tranquilidad de sus calles y la amplitud de sus fincas convertían la localidad en un destino muy apreciado.

Entre aquellos veraneantes destacó especialmente José María Mateu del Caño, nacido en Tarragona en 1841 y fundador del prestigioso Taller de Artes Gráficas Mateu, uno de los establecimientos litográficos más reconocidos de Madrid. Su empresa alcanzó gran fama por la elaboración de cromos de lujo y trabajos de impresión artística de extraordinaria calidad.

Muy pronto, Mateu encontró en Pinto el lugar ideal para establecer su residencia de verano. Su casa, situada en la entonces calle de Santiago —la actual calle Edmundo Méric—, se convirtió en uno de los principales centros de reunión de aquella distinguida colonia estival.

La ermita de Santiago, el corazón del barrio

La ermita de Santiago presidía entonces uno de los accesos tradicionales al casco urbano. Aunque de dimensiones modestas, constituía un importante centro religioso y social para los vecinos del barrio.

En torno a ella giraban las celebraciones del día del Apóstol Santiago, patrón de España. Cada 25 de julio, la imagen recorría las calles acompañada por los vecinos, mientras los alrededores se llenaban de puestos, juegos y actividades populares.

Sin embargo, en 1891 aquellas fiestas alcanzaron una brillantez desconocida hasta entonces.

La implicación de los miembros de la Colonia Veraniega permitió organizar unos festejos que sorprendieron incluso a los cronistas de la época.

Una jornada para el recuerdo

El periódico que recogió la noticia no escatimó elogios.

Comenzaba destacando el entusiasmo de los vecinos:

«Animadísima en extremo estuvo la verbena con que los vecinos de la calle de Santiago obsequiaron al santo y en particular al pueblo todo de Pinto.»

Aquella afirmación resumía perfectamente el espíritu de la jornada. No era una celebración reservada para las familias acomodadas, sino una fiesta abierta a toda la población.

Durante la tarde tuvo lugar una solemne procesión por los alrededores de la ermita.

Finalizados los actos religiosos comenzaron las diversiones populares.

Las carreras de sacos hicieron reír a pequeños y mayores. Las tradicionales cucañas pusieron a prueba la habilidad de los participantes. Hubo concursos, juegos y toda clase de entretenimientos que, según afirmaba el periodista, jamás se habían visto reunidos en Pinto con semejante esplendor.

Resulta fácil imaginar la plaza llena de vecinos mientras los niños corrían entre las barracas improvisadas y los adultos comentaban las pruebas entre risas y aplausos.

Cuando cayó la noche

Pero sería al caer la noche cuando la fiesta alcanzaría su momento culminante. A las diez, la calle de Santiago era ya un hervidero de vecinos. La música sonaba desde los tablados levantados para el baile y el incesante resplandor de centenares de farolillos de colores envolvía la calle en una atmósfera casi mágica. Gallardetes, banderas y mástiles festoneaban las fachadas, mientras el ir y venir de las parejas al compás de las orquestas daba vida a una escena que los cronistas describieron con auténtico entusiasmo. Costaba reconocer en aquel escenario al tranquilo Pinto de finales del siglo XIX. Por unas horas, la pequeña población manchega parecía haberse transformado en un elegante paseo de verano, donde la luz, la música y el ambiente festivo reunían por igual a vecinos y a los distinguidos miembros de la Colonia Veraniega, convertidos todos en protagonistas de una noche difícil de olvidar.

La casa de los Mateu, epicentro de la celebración

Pero si la calle de Santiago concentraba el bullicio popular, la residencia de José María Mateu representaba la cara más distinguida de la celebración. La crónica periodística la describía como un verdadero hotel, convertido aquella noche en lugar de encuentro de la aristocracia local y de la reducida pero influyente Colonia Veraniega. En su espacioso jardín, iluminado con profusión hasta crear un ambiente casi palaciego, los invitados disfrutaban de una velada que reflejaba el refinamiento de una nueva clase social instalada temporalmente en Pinto. Aquella casa no era únicamente una residencia de verano; se había convertido en el símbolo del prestigio alcanzado por la familia Mateu y del creciente protagonismo que industriales, banqueros y hombres de negocios estaban adquiriendo en la vida del municipio, contribuyendo a transformar la imagen de un pueblo que comenzaba a abrirse a nuevos tiempos.

Los hombres que hicieron posible la fiesta

El cronista quiso dejar constancia expresa de quiénes habían impulsado unos festejos tan memorables.

Entre ellos figuraba, naturalmente, José María Mateu del Caño, verdadero anfitrión de la colonia veraniega.

Junto a él aparecía José Gurumeta Jiménez, interventor del Banco de España, nacido en Madrid el 30 de enero de 1841. Hombre de extraordinaria posición económica, fue adquiriendo numerosas propiedades agrícolas hasta convertirse en uno de los mayores terratenientes del término municipal de Pinto. Falleció el 11 de septiembre de 1903, dejando una profunda huella en la historia local.

Otro de los organizadores era Víctor Morales de la Vega, acreditado bolsista y hombre muy conocido en los círculos financieros madrileños. Casado en segundas nupcias con Ángela Troyano, adquirió en los primeros meses de 1900 una magnífica residencia junto a la ermita de Santiago. Aquella elegante vivienda sería conocida desde entonces como el Palacete de los Morales, uno de los edificios más representativos del nuevo Pinto residencial.

También figuraban otros miembros destacados de aquella colonia estival, entre ellos la familia Gibini, igualmente integrada en ese reducido círculo de veraneantes que cada año elegía Pinto como lugar de descanso.

La prensa señalaba que tanto Mateu como Gurumeta, Morales y el resto de organizadores fueron objeto de continuos vivas y muestras de agradecimiento por el brillante resultado de los festejos.

El final de una época

Pero, como tantas otras páginas de la historia de Pinto, aquellos años de esplendor no fueron eternos. Con el cambio de siglo, la vieja ermita de Santiago comenzó a acusar el paso del tiempo hasta presentar un preocupante estado de deterioro. El 26 de agosto de 1906, el diario El Liberal se hacía eco de la inquietud de varios vecinos, que solicitaban al cura párroco la restauración del edificio. Y si el coste de las obras resultaba inasumible, proponían una solución mucho más drástica: que el Ayuntamiento procediera a su derribo para levantar en su lugar una hermosa glorieta que embelleciera aquella parte de la población, rodeada ya por elegantes residencias levantadas por las familias de la Colonia Veraniega.

La noticia retrataba, sin pretenderlo, el cambio que estaba experimentando Pinto. Aquella modesta ermita, que durante generaciones había sido el centro de la devoción popular y el escenario de las fiestas de Santiago, empezaba a contemplarse desde algunos sectores como un vestigio del pasado, incompatible con la imagen de modernidad y progreso que deseaban proyectar los nuevos propietarios de la zona. Finalmente, el viejo templo desapareció y, con él, se extinguió también una tradición que durante décadas había llenado de música, color y alegría aquel rincón del municipio.

Hoy, quienes cruzan la actual plaza de Santiago difícilmente pueden imaginar que allí mismo existió una pequeña ermita alrededor de la cual desfilaban las procesiones, se organizaban carreras de sacos y cucañas, sonaban las orquestas y cientos de farolillos iluminaban las noches de julio. Apenas queda rastro físico de aquel escenario, pero las páginas de la prensa de finales del siglo XIX nos permiten volver, aunque solo sea por un instante, a aquella luminosa noche de 1891 en la que todo un pueblo salió a la calle para celebrar la festividad del Apóstol.

Quizá ese sea el mayor valor de rescatar estas historias. No solo recuperan la memoria de una fiesta desaparecida, sino también la de un Pinto que comenzaba a transformarse, donde vecinos, industriales, banqueros y veraneantes compartían un mismo espacio y una misma celebración. Porque durante unas horas la antigua calle de Santiago se convirtió en el corazón de la villa, y la humilde ermita fue testigo de una de las estampas más hermosas y brillantes que conoció el Pinto de finales del siglo XIX. Más de ciento treinta años después, aquellas luces se apagaron hace mucho tiempo, pero su recuerdo continúa iluminando una pequeña, aunque valiosa, página de la historia de nuestro pueblo.

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