Fotografía de una calle de Pinto publicada por el diario YA en 1964

Aunque hoy pueda parecernos algo casi irreal, las inundaciones formaron parte de la vida cotidiana de Pinto durante siglos. No se trataba de episodios excepcionales, sino de un fenómeno recurrente ligado a la propia configuración del municipio y, sobre todo, a la presencia del arroyo de los Prados, un curso de agua que atravesaba el casco urbano y dividía la población en dos mitades.

El arroyo discurría de sur a norte y tenía su origen en una zona húmeda del suroeste del término municipal, conocida como Los Estragales, donde en los años lluviosos se formaban auténticos humedales. Al entrar en el pueblo, su cauce atravesaba espacios que hoy resultan impensables como zonas inundables: el actual Residencial Cristina Sur, el barrio y parque de Buenos Aires, la avenida de España, el paseo Dolores Soria, el Egido de la Fuente, la calle Isabel la Católica o la plaza de la Virgen de la Asunción, para continuar hacia el barrio del Prado y salir del casco urbano junto a la antigua carretera de Andalucía.

Barrios bajos, aguas altas

La trama urbana de Pinto creció a ambos lados del arroyo, pero no todos los vecinos sufrían por igual sus consecuencias. Los habitantes del margen derecho del curso del agua, según el sentido de la corriente, fueron tradicionalmente considerados vecinos de segunda categoría y recibieron el calificativo de “vecinos de los barrios bajos”. Esta denominación no era casual ni simbólica: esas zonas se inundaban con frecuencia cuando llegaban las lluvias intensas o las tormentas estacionales.

La abundancia de agua subterránea en Pinto, una realidad ampliamente documentada, agravaba el problema. Calles como Pedro Rubín de Celis (antigua calle Grande) y espacios como el Egido de la Fuente se convertían una y otra vez en auténticos barrizales impracticables. El barrio del Prado, especialmente en invierno, llegaba a transformarse en una verdadera laguna.

La prensa denuncia un problema crónico (1916)

Las quejas vecinales no tardaron en llegar a los periódicos. Un recorte de prensa fechado en octubre de 1916 refleja con claridad el hartazgo de los pinteños ante una situación que se prolongaba en el tiempo sin soluciones efectivas. El artículo denunciaba:

«El verdadero pantano que existe en la fuente y abrevadero del Egido, que hace imposible servirse ni de la una ni del otro, a más del consiguiente peligro para la salud pública por sus emanaciones».

El texto añadía que el arreglo había sido acordado por el Ayuntamiento meses antes, sin que se hubiera ejecutado, y concluía con una pregunta tan sencilla como demoledora:
«¿Por qué no se cumple el acuerdo?»

Fragmento de El Regional de finales de octubre de 1916

No era solo una cuestión de incomodidad o tránsito: las inundaciones suponían un riesgo sanitario, con aguas estancadas, malos olores y la proliferación de focos insalubres en pleno corazón del municipio.

Barcas improvisadas y un puerto frente a la iglesia

La memoria oral ha conservado escenas que hoy resultan casi increíbles. Gonzalo Arteaga relató cómo, tras una fuerte tormenta de verano, el agua acumulada en la conocida como laguna del Egido alcanzó tal nivel que se utilizaron artesas de madera de las matanzas como barquichuelas improvisadas. La escalinata de la iglesia se convirtió, por unas horas, en un puerto circunstancial.

Zonas como el Perdido —parte del actual Residencial La Floralia— quedaron cubiertas por más de un metro de agua. El viejo Matadero emergía como un islote, mientras que los barrios bajos, el Raso del Nevero, la calle Pedro Rubín de Celis y el huerto del tío Perico estuvieron vertiendo agua hacia la calle durante más de dos días, incapaces de absorber o evacuar el exceso.

Las inundaciones vistas por el diario YA

Un valioso testimonio gráfico y periodístico de estas inundaciones lo ofrece el diario YA, en un reportaje publicado el 26 de febrero de 1964, con fotografías realizadas por Santos Yubero, uno de los grandes cronistas gráficos del Madrid del siglo XX. Las imágenes muestran calles de Pinto anegadas tras las lluvias, una escena que, lejos de ser excepcional, resultaba familiar para los vecinos.

Fotografía de una calle de Pinto inundada publicada por el diario YA

El propio texto que acompañaba a las fotografías explicaba con claridad las causas del problema:
la situación geográfica del municipio, los crudos inviernos de antaño, las copiosas lluvias, la abundancia de aguas subterráneas y, sobre todo, el arroyo de los Prados y el deficiente estado de las calles, hacían de Pinto un pueblo casi intransitable cuando arreciaban las lluvias.

Hasta bien entrada la década de los setenta, la falta de canalizaciones adecuadas y de vías de drenaje provocaba la formación de pequeñas lagunas en distintos puntos del casco urbano. A ello se sumaban las aguas que entraban en el municipio procedentes de las tierras del entorno —especialmente desde San Antón y el camino de Valdemoro—, que buscaban su salida natural por el cauce del arroyo de los Prados, produciendo a veces grandes balsas de agua repartidas por distintas zonas de Pinto.

Las fotografías publicadas por YA no solo documentan una inundación concreta, sino que certifican una realidad persistente: el agua fue durante décadas un problema estructural del municipio, una circunstancia conocida por todos y asumida casi con resignación por generaciones de pinteños.

El final de una convivencia forzada con el agua

La canalización del arroyo y las transformaciones urbanas de la segunda mitad del siglo XX acabaron poniendo fin a estas inundaciones recurrentes. Sin embargo, durante generaciones, el agua fue una vecina más, imprevisible y persistente, que marcó la geografía social del pueblo y dejó una huella profunda en la memoria colectiva.

Imagen reciente de inundaciones en Pinto en la calle Egido de la Fuente

Porque para entender el Pinto de hoy, también es necesario recordar el Pinto que, una y otra vez, aprendió a convivir con el agua.

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