
A finales del siglo XIX, Pinto volvió a aparecer en la literatura española de una manera inesperada y pintoresca. Fue de la mano de Joaquín Abati y Díaz (Madrid, 1865 – 1936), escritor y libretista de zarzuelas que alcanzó gran notoriedad en su tiempo. Autor prolífico, con más de 120 títulos a sus espaldas, Abati fue considerado un creador de primera fila, colaborador de figuras como Carlos Arniches y Antonio Paso, y un habitual del mundo teatral de finales del XIX y comienzos del XX.
Entre su variada producción, destacó un relato en verso que se convirtió en uno de los más populares de la época: El conde Sisebuto, fue publicado el 2 de abril de 1898 en Madrid Cómico como un poema burlesco, habiéndose representado en el Teatro Lara con la gracia inimitable con que la recitaba la gran actriz Balbina Valverde.
La obra, a medio camino entre el romance tradicional y la parodia humorística, comienza con unos versos que más de un lector pinteño recordará de memoria:
A cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo,
existe un castillo viejo
que edificó Chindasvinto…
Con estos primeros versos, Pinto quedó inmortalizado en una de las composiciones literarias más repetidas y recitadas en cafés, tertulias y escenarios de principios del siglo XX.
El “problema” de las leguas
La ubicación del castillo del conde Sisebuto, al que Abati rodea de un sinfín de personajes caricaturescos y situaciones absurdas, no deja de ser una broma en sí misma. El autor sitúa el lugar “a cuatro leguas de Pinto y a treinta de Marmolejo”. Sin embargo, la realidad geográfica se impone: Pinto (Madrid) y Marmolejo (Jaén) distan nada menos que 246 kilómetros, es decir, unas 44 leguas (de 5,57 km cada una).
Por tanto, el punto exacto del supuesto castillo no existe en el mapa. Un estudio incluso llegó a plantear que las coordenadas sólo podrían resolverse en el terreno de los números complejos, lo que sitúa la historia en un espacio propio de los sueños y de la fantasía.
Pinto en la cultura popular
Que un autor de la talla y la fama de Joaquín Abati eligiera a Pinto para abrir su romance no es un detalle menor. A finales del XIX, nuestra villa aparecía ya de forma recurrente en refranes, chascarrillos y leyendas, a menudo vinculada a su condición de centro geográfico o como referencia popular en el habla madrileña.
Abati, que tenía gran olfato para conectar con el humor y las expresiones del pueblo, supo aprovechar ese eco popular y colocar a Pinto en el arranque de un relato que aún hoy conserva frescura y gracia.
El humor como vehículo
“El conde Sisebuto” está escrito con un estilo ligero, ágil y plagado de repeticiones cómicas, exageraciones y personajes grotescos. El conde, su extensa familia y los desdichados amantes Lisardo y Pepa protagonizan una historia que mezcla lo romántico, lo trágico y lo disparatado, todo ello envuelto en un ritmo casi musical.
No es casualidad que Abati, maestro de la zarzuela, recurriera a este tipo de versos: buscaba la risa y la complicidad del público. Y Pinto, con su nombre sonoro y fácil de encajar en la métrica, se convirtió en pieza fundamental del relato:

El conde Sisebuto
A cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo,
existe un castillo viejo
que edificó Chindasvinto.
Perteneció a un gran señor
algo feudal y algo bruto;
se llamaba Sisebuto,
y su esposa, Leonor,
y Cunegunda, su hermana,
y su madre, Berenguela,
y una prima de su abuela
atendía por Mariana.
su cuñado, Vitelio,
y Cleopatra, su tía,
y su nieta, Rosalía,
y el hijo mayor, Rogelio.
Era una noche de invierno,
noche cruda y tenebrosa,
noche sombría, espantosa,
noche atroz, noche de infierno,
noche fría, noche helada,
noche triste, noche oscura,
noche llena de amargura,
noche infausta, noche airada.
En el gótico salón,
dormitaba Sisebuto,
y un lebrel seco y enjuto
roncaba en el portalón.
Con quejido lastimero
el viento fuera silbaba,
e imponente se escuchaba
el ruido del aguacero.
Cabalgando en un corcel
de color verde botella,
raudo como una centella
llega al castillo un doncel.
Empapada trae la ropa
por efecto de las aguas,
¡como no lleva paraguas
viene el pobre hecho una sopa!
Salta el foso, llega al muro,
la paterna está cerrada.
-¡Me ha dado mico mi amada!
-exclama-. ¡Vaya un apuro!
De pronto, algo que resbala
siente sobre su cabeza,
extiende el brazo, y tropieza
¡con la cuerda de una escala!
-¡Ah!…-dice con fiero acento.
-¡Ah!…-vuelve a decir gozoso.
-¡Ah!…-repite venturoso.
-¡Ah!…-otra vez, y así, hasta ciento.
Trepa que trepa que trepa,
sube que sube que sube,
en brazos cae de un querube,
la hija del Conde, la Pepa.
En lujoso camerín
introduce a su amado,
y al notar que está mojado
le seca bien con serrín.
-Lisardo,…mi bien, mi anhelo,
único ser que yo adoro,
el de los cabellos de oro,
el de la nariz de cielo,
¿qué sientes, dí, dueño mío?
¿no sientes nada a mi lado?
¿qué sientes, Lisardo amado?
Y él responde:-Siento frío.
Frío has dicho? eso me espanta.
¿Frío has dicho? eso me inquieta.
No llevarás camiseta
¿verdad?… pues toma esta manta.
-Ahora hablemos del cariño
que nuestras almas disloca.
Yo te amo como una loca.
-Yo te adoro como un niño.
-Mi pasión raya en locura,
si no me quieres me mato.
-La mía es un arrebato,
si me olvidas, me hago cura.
-¿Cura tú? ¡por Dios bendito!
No repitas esas frases,
¡en jamás de los jamases!
¡Pues estaría bonito!
Hija soy de Sisebuto
desde mi más tierna infancia,
y aunque es mucha mi arrogancia,
y aunque es un padre muy bruto,
y aunque temo sus furores,
y aunque sé a lo que me expongo,
huyamos…vamos al Congo,
a ocultar nuestros amores.
-Bien dicho, bien has hablado,
huyamos aunque se enojen,
y si algún día nos cojen,
¡que nos quiten lo bailado!
En esto, un ronco ladrido
retumba potente y fiero.
-¿Oyes?-dice el caballero-,
es el perro que me ha olido.
Se abra una puerta excusada
y, cual terrible huracán,
entra un hombre.., luego un can…,
luego nadie…, luego nada…
-¡Hija infame!-ruge el Conde.
¿Qué haces con este señor?
¿Dónde has dejado mi honor?
¿Dónde?¿dónde?¿dónde?¿dónde?
Y tú, cobarde villano,
antipático, repara,
como señaló tu cara
con los dedos de mi mano.
Después, sacando un puñal,
de un solo golpe certero
le enterró el cortante acero
junto a la espina dorsal.
El joven, naturalemente,
murió como un conejo.
Ella frunció el entrecejo
y enloqueció de repente.
También quedó el conde loco
de resultas del espanto,
y el perro…no llegó a tanto,
pero le faltó muy poco.
desde aquel día de horror
nada se volvió a saber
del conde, de su mujer,
la llamada Leonor,
de Cunegunda su hermana,
de su madre Berenguela,
de la prima de su abuela
que atendía por Mariana,
de su cuñado Vitelio,
de Cleopatra su tía,
de su nieta Rosalía
ni de su chico Rogelio.
Y aquí acaba la la leyenda
verídica, interesante,
romántica, fulminante,
estremecedora, horrenda,
que de aquel castillo viejo
entenebrece el recinto,
a cuatro leguas de Pinto
y a treinta de Marmolejo.
Un recuerdo para Pinto
Con este romance, Joaquín Abati consiguió que Pinto quedara vinculado, al menos literariamente, al imaginario de los castillos, las leyendas y los amores imposibles. Aunque nunca existió tal fortaleza “a cuatro leguas de Pinto y a treinta de Marmolejo”, lo cierto es que la obra hizo que nuestra localidad viajara en el tiempo y el espacio de la mano del humor y la literatura popular.
Así, el conde Sisebuto y su rocambolesca familia siguen recordándonos que Pinto no solo tiene historia propia, sino que también ha sabido inspirar la pluma de grandes escritores de la literatura española.



