
El verano de 1903 dejó escrita una de las páginas más tristes de la historia penitenciaria española, y Pinto, sin buscarlo, fue escenario de aquella tragedia. En los primeros días de julio, bajo un sol implacable que azotaba los caminos de Castilla, dos presos perecieron asfixiados en plena conducción hacia el penal de Ocaña, en las inmediaciones de Pinto. Sus nombres eran Francisco Suárez y Bardanca, y su muerte provocó una ola de indignación en la prensa de todo el país.
Según informaba La Correspondencia de España el 2 de julio, Francisco Suárez era un anciano condenado por el hallazgo de explosivos en una casa de la Carrera de San Jerónimo, durante la jura del rey. Había sido amigo de Paco Ruiz, muerto años antes al estallarle un petardo que pretendía arrojar contra la huerta de Cánovas. Junto a Suárez viajaba Bardanca, señalado como “peligroso” y relacionado con el anarquista Mamed Casanova. Ambos habían sido trasladados desde la cárcel de La Coruña hasta Madrid, y de allí salieron a pie rumbo a Ocaña, encadenados y custodiados por la Guardia Civil.
Los periódicos relataron con dramatismo las circunstancias del viaje. Las temperaturas superaban los cuarenta grados, y el trayecto, largo y polvoriento, se convirtió en un suplicio. Los guardias, ajenos al sufrimiento de los presos, no permitieron que descansaran ni se resguardaran del sol. Cuando la conducción pasaba por las cercanías de Pinto, Suárez y Bardanca cayeron agotados y murieron asfixiados.
El País, en su edición del 2 de julio, no ahorraba reproches:
“Fallecieron en las cercanías de Pinto víctimas de la asfixia y de la poca caridad de sus conductores, que no les dejaron descansar, reponer sus abatidas fuerzas y librarse de los rayos del sol”.
El periódico responsabilizaba directamente al gobernador de Madrid, Sánchez de Cabra, a quien calificaba de “indigno y criminal” por permitir que las conducciones se hicieran a pie y bajo el sol abrasador. El País recordaba además la injusticia de la condena de Suárez, “un anciano debilitado por la edad y por los años de presidio”, cuya culpabilidad había sido discutida incluso por el célebre anarquista Salvochea.
Otros medios, como El Globo, titularon con amarga ironía:
“¿A la cárcel o al cementerio?”
Y añadían:
“Suárez y Bardanca han muerto asfixiados, mordidos por un sol implacable. Y estos brutales sucesos indignan a todos los hombres de corazón… La muerte de estos dos infelices evitará la de otros muchos, porque el director general de Prisiones ha dispuesto que, durante el verano, las conducciones se verifiquen por ferrocarril”.

De hecho, el conde de San Simón, director general de Prisiones, ordenó inmediatamente que las conducciones de penados se realizaran en tren durante los meses de calor. La Época celebraba la medida bajo el titular “Justicia humanitaria”, subrayando que “no está reñida la humanidad con la justicia” y que “el castigo debe ser una represión, no una venganza”.
El suceso, sin embargo, puso de manifiesto la dureza de un sistema penitenciario que todavía arrastraba métodos del siglo XIX. Las llamadas “cuerdas de presos” —grupos de penados que marchaban a pie, atados codo con codo y custodiados por la Guardia Civil— eran una estampa habitual en los caminos españoles. La muerte de Suárez y Bardanca simbolizó el final de esa práctica inhumana, sustituida a partir de entonces por las conducciones ferroviarias.
Mientras algunos periódicos clamaban por reformas, otros, como El Diario Español, ironizaban sobre la insensibilidad de las autoridades provinciales, que ese mismo día aprobaban la compra de fajines para los diputados de la Diputación de Madrid, mientras “dos míseros prisioneros mordían el polvo en las cercanías de Pinto, muertos de asfixia por el fuerte calor reinante”.
Aquel verano de 1903, dos nombres —Francisco Suárez y Bardanca— quedaron grabados en la historia de Pinto como símbolo de la injusticia y la desidia de un sistema que olvidaba la compasión. Su muerte, absurda y dolorosa, sirvió al menos para despertar conciencias y cambiar una norma. A veces, las reformas llegan tarde, cuando ya es imposible reparar el daño. Pero gracias a aquellos dos hombres que nunca alcanzaron Ocaña, muchos otros pudieron, al menos, llegar con vida.



