La figura de Rafael del Riego ocupa un lugar destacado en la historia del liberalismo español. Militar, político y símbolo del constitucionalismo, fue el hombre que en 1820 encabezó el pronunciamiento que obligó a Fernando VII a jurar la Constitución de 1812. Durante el Trienio Liberal fue aclamado como héroe; apenas tres años después, el mismo Estado lo conduciría encadenado hacia la muerte. En ese dramático tránsito final, Pinto fue escenario de un episodio tan breve como significativo: la noche que Riego pasó encerrado en su cárcel.

Del héroe constitucional al prisionero

La caída del régimen constitucional en 1823, tras la entrada en España de los Cien Mil Hijos de San Luis, marcó el inicio de una dura represión absolutista. Riego fue detenido y tratado como un delincuente común. Comenzó entonces un penoso traslado desde el sur de la Península hasta Madrid, llevado en un carro, encadenado de pies y manos, sometido a insultos, humillaciones y escarnio público.

Ese itinerario incluyó paradas en distintas localidades, entre ellas Pinto, villa situada en una ruta habitual de conducciones de presos hacia la capital.

La noche de Riego en Pinto

La estancia de Rafael del Riego en la cárcel de Pinto está documentada tanto por la prensa de la época como por la literatura histórica posterior. El periódico El Restaurador, en su edición del 1 de octubre de 1823, informaba con claridad:

“Esta noche ha dormido Riego en Aranjuez, y la próxima lo hará en Pinto, debiendo entrar en Madrid bien de mañana”.

Ilustración donde se recrea a Riego detenido en Pinto

La noticia confirma que Riego pasó la noche del 1 al 2 de octubre de 1823 en la cárcel de Pinto. Al día siguiente, 2 de octubre, entraba en Madrid a las cinco y media de la mañana, fuertemente escoltado por tropas españolas, efectivos franceses y los voluntarios de Arquillos armados con trabucos.

El testimonio de Pérez Escrich, escritor vecino de Pinto

A este testimonio periodístico se suma una referencia de gran valor local. Enrique Pérez Escrich, escritor del siglo XIX y vecino de Pinto entre 1865 y 1888, recogió este episodio en su obra El amor de los amores. Su mención es especialmente relevante por su profundo conocimiento del municipio y de su historia reciente.

Pérez Escrich escribió:

“La cárcel de Pinto no solo ha visto entrar por sus puertas a criminales endurecidos… Don Rafael del Riego ha pasado una noche en su más inmundo calabozo”.

No se trata de una licencia literaria. Pérez Escrich vivió más de veinte años en Pinto, conoció de primera mano sus edificios, su pasado y la memoria oral del pueblo. Su testimonio refuerza y complementa la información ofrecida por la prensa de 1823.

Del calabozo al patíbulo

Tras su paso por Pinto, Riego fue conducido a Madrid, donde fue sometido a un juicio sin garantías. El fiscal llegó a afirmar que para enumerar todos sus supuestos crímenes “no bastarían muchos días y volúmenes”, solicitando incluso el descuartizamiento del cadáver. Finalmente, fue condenado a muerte por un único delito: haber votado, como diputado, el traslado del rey y su familia a Cádiz.

El 7 de noviembre de 1823, Rafael del Riego fue ejecutado en la plaza de la Cebada, arrastrado en un serón hasta el patíbulo y ahorcado. El descuartizamiento no llegó a realizarse, pero el carácter ejemplarizante y humillante del suplicio fue evidente. Lejos de borrar su recuerdo, aquel castigo contribuyó a consolidar su figura como mártir de la libertad.

Pinto en la memoria del liberalismo

La noche que Rafael del Riego pasó en la cárcel de Pinto constituye un episodio breve, pero de gran carga simbólica. Entre los muros de aquella cárcel local, hoy desaparecida, se encerró durante unas horas no solo a un prisionero ilustre, sino a uno de los símbolos más representativos de la España constitucional.

Gracias a la prensa contemporánea y al testimonio de un vecino ilustre como Pérez Escrich, Pinto queda integrado en la geografía histórica del liberalismo español. Un recordatorio de que la historia nacional también se construye en los pueblos, en lugares discretos, donde los grandes acontecimientos dejan huellas silenciosas que merece la pena rescatar.

Porque, a veces, una sola noche basta para convertir un lugar en parte de la historia de un país.

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