El olor a castaña asada es uno de los símbolos del otoño, sobre todo cuando empieza a apretar el frío. Un aroma que perduraba hasta bien entrado el mes de enero.  En este artículo rendimos homenaje a Visi, la castañera, una mujer muy querida en Pinto.

El 14 de diciembre de 1932 nació Visitación Zamora Ballesteros en Villamayor de Santiago, provincia de Cuenca. En 1946, con 14 años, llegó a Pinto acompañada de sus padres, Francisco y Saturnina.

En 1951 se casó con 19 años con el pinteño José Lozano García, conocido como “El Celia”, de padres y abuelos pinteños.

Visi posando con sus cinco hijos en la terraza de verano del Anabel.

A principios de los años 60, Francisco, el padre de Visi, cayó enfermo. Su tratamiento era bastante costoso para una familia humilde con cinco hijos y el único sueldo del marido. Fue entonces cuando a Visi se le ocurrió la idea de colaborar con la venta de castañas asadas. Enseguida se puso en contacto con Pirri, el herrero, quien en la calle Cuartel de Simancas (hoy, Eulogio Moya) tenía la herrería. Allí prepararon con un bidón el asador de castañas, un anafre artesanal.

En 1961 comenzó a trabajar de castañera. Situada junto a una farola que había cerca de la churrería del Egido, colocaba un palet de madera en el suelo y una tabla en el costado junto a un poste de la luz, para resguardarse del frío. Aquellos días de temperaturas más gélidas y viento, Visi se colocaba en la pared del bar La Parada, donde estaba más resguardada de las inclemencias meteorológicas.

En la imagen, tomada en 1963, vemos a Visi con su delantal en su puesto del Egido, donde preparaba su anafre, rajaba las castañas, las asaba y las vendía, sufriendo las inclemencias propias de las tardes de invierno.

Aquella estampa en el Egido aparecía invierno tras invierno. La imagen de Visi rajando castañas y arrojándolas a la sartén de agujeros encima de la estufilla de carbón, donde las removía con la rasera enérgicamente para que no se quemaran. El olor de las castañas se adueñaba del Egido y el sonido de los crujidos de este manjar al entrar en contacto con el fuego eran la banda sonora de las tardes del otoño e invierno. Visi las mantenía a fuego vivo durante tres minutos, logrando que quedasen en su punto exacto.

Las castañas se las llevaba Eusebio, el del Anabel, que tenía un camión para transporte. José, el marido de Visi, trabajaba de portero en el baile de Anabel. Cuando no podía Eusebio, las traía Cariñas, que tenía la frutería en la calle Real, frente a las quinielas. El carbón se lo llevaba el carbonero Sindo.

Visi atraía a la clientela con estas frases: Castañas calentitas”, “¡qué caliente tengo la castaña y el boniato!, ¡venir, que tengo la castaña calentita!.

Por un duro vendía media docena de castañas, aunque siempre echaba alguna más. Y por tres duros, un boniato.

Cuando el padre falleció, Saturnina, la madre de Visi, cogió el asador de castañas y lo tiró para que su hija dejara de pasar frío. Corría el año 1970.

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