Desde el horizonte de cualquier cerro de los que decora el paisaje de Pinto, un servidor se dispone a cerrar los ojos y dejarse llevar en una amalgama de sensaciones, recuerdos y experiencias que uno nunca olvida. En esta ocasión, os traigo una historia que muchos descubrirán su significado, incluso, antes de llegar al final. Con ustedes, Los amigos de Antoñito «El Roña».

PERSONAJE 1. ANTOÑITO EL ROÑA

Antoñito nació en un imaginario pueblo llamado Chinchibirín de los Montes. Antoñito tenía la nariz chata, era de boca dura, dientes desparejados e irregulares, mejillas rudas, rostro de frente amplia, ojos vivos, pelo negro y lacio, de aspecto robusto, tenía la carita con esas manchas que conocemos como pecas. Antoñito era de carácter afable e inocentón. No era muy amigo del agua ni de lavarse a diario, por eso le llamaban jocosamente el Roña.

Nuestro personaje tendría unos ocho años. Casi siempre vestía un único hato: jersey de color verde con dibujos geométricos de color blanco. De ese tipo de jersey que te quedaba tan pequeño que cuando alzabas un poco los brazos se te veía el ombligo. Una camisa que alguna vez fue blanca, un pantalón corto de tergal de color gris, unos calcetines negros con múltiples zurcidos, unos zapatos negros muy desgastados y unas mudas de quita y pon.

Antoñito, vivía con su hermana y sus padres en una casita de una sola planta. El cuarto de estar tenía el televisor, coronado por la estampa típica de la España de la E.G.B., la flamenca del traje de lunares y el toro de cartón recubierto de felpa. Un par de sillas en metal cromado con asientos de formica imitando a la madera, un tresillo de skay y un mueble que hacía las funciones de contenedor de todas las cosas imaginables, componían todo el mobiliario.

La habitación de sus padres era sencilla, una cama de matrimonio y encima del cabecero de latón, el característico crucifijo. Una mesilla de noche, un armario con dos cajones, un estante, y seis perchas para colgar la ropa del matrimonio eran todos los muebles y enseres.

Cuando en la televisión salía la familia Telerín anunciando la hora de irse a descansar, Antoñito y su hermana marchaban a su habitación a dormir. Sus avíos consistían en dos camas de noventa, sin cabecero; una silla y un viejo baúl que hacía las funciones de armario para los dos.

El aseo de la familia de Antoñito constaba de un retrete y un lavabo del que no manaba agua caliente. Un barreño grande de metal en color zinc, era la improvisada bañera de la vivienda, con el agua calentada en la cocina.

La cocina, que se alimentaba con carbón y leña, con anillos de fundición que se levantaban con un gancho, era la única estancia donde había calor y por consiguiente pasaban bastante tiempo allí. Los cacharros consistían en dos cacerolas de porcelana y la vajilla del ajuar, regalo de los abuelos.

La casa se corrompía por la humedad capilar que provenía del agua que subía a través de los materiales porosos. Pasaban bastante frío en invierno y considerable calor en verano. El papá manejaba un viejo Renault 8 de color crema, de faros redondos. Trabajaba en lo que salía. No era de oficio único. La mamá, estaba como se decía entonces, a sus labores. Al cuidado de la casa y de sus hijos. Las carencias materiales no acobardaban a la mamá de Antoñito.

PERSONAJE 2. PELAESPIGAS

El Pelaespigas, para Antoñito era el amigo que estaba despistao o a la luna de Valencia. El Pelaespigas era menudo, con el pelo largo lacio y descuidado, de ancha nariz, ojos negros y vivarachos, de naturaleza alegre. Bastante tímido y muy soñador.

Tenía una memoria primorosa y le servía para aprender bien la enseñanza en la escuela. Antoñito atusaba el pelo sucio al Pelaespigas y le cogía de las patillas para enojarle. No lo hacía con maldad, de hecho, eran muy buenos amigos estos dos personajes del barrio.

La verdad es que el dicho popular dice que ser un pelaespigas es una persona poco fiable, mindundi o cantamañanas. Para Antoñito no era así. Era, su amigo el despistao.

La mamá del Pelaespigas era chiquitita, con andares de pasitos cortos y muy rápidos, siempre de un lado para otro con prisas. Buscando los mejores precios del colmado o de la tienda de ultramarinos. Acompañaba al Pelaespigas al colegio todos los días, porque les pillaba al otro lado del pueblo y tardaban más de media hora andando y eso cuatro veces al día, por lo menos.

Pasado un tiempo, el Pelaespigas ya se iba solo, o mejor dicho, con sus amigos del barrio al colegio. Se despistaban bastante y llegaban tarde a casa. Bronca y zurra que les caía a todos porque sus padres estaban preocupados por la tardanza en llegar a sus casas.

PERSONAJE 3. EL CASCAO

El Cascao era de carácter manso; con la piel de color blanquecina; larguirucho, enjuto, de pelo estropeado y jaro; ojos graciosos como de dibujos animados; algo desastrado y de escaso vestuario que consistía en una ropa interior de recambio, dos pantalones raídos, unas viejas zapatillas azules de la marca Tórtola y dos camisas de cuadros, tipo granjero.

El Cascao no jugaba a nada que tuviese que ver con correr o saltar. Su enfermiza complexión solamente le permitía contemplar cómo jugaban los demás. Aun así, nunca dejaba de ir con sus amigos del barrio. Era el espectador perfecto. El árbitro de los partidos de fútbol y un amigo de fiar.

PERSONAJE 4. LA CORRULA

La Corrula era amiga de la mamá de Antoñito, el estereotipo de joven poco agraciada en belleza, como hecha a retales de partes del cuerpo que hubieran sobrado de otras personas. No correspondía su aspecto con su gran corazón. La Corrula era demasiado incauta para la chavalería más gamberra que siempre buscaban cabrearla.

De joven tuvo un novio guapo, o eso decía ella. El caso es que jamás se la vio con mozo alguno. Casi siempre refería episodios con el imaginado novio, que eran muy parecidos a los argumentos de las fotonovelas que la mamá de Antoñito le prestaba a la Corrula para que las ojease. Esas fotonovelas a color de aventuras y desengaños amorosos de Corín Tellado que imprimían en Mateu Cromo.

Pero como la belleza está en el interior, La Corrula encontró a un hombre que la quiso tal y como era ella. Se casaron en la ermita del pueblo, tuvieron dos hijos y tuvieron una vida como los demás, con cosas buenas y no tan buenas. Y es que como decía Antoñito el Roña todo el mundo tiene su público.

PERSONAJE 5. RAMIRO «EL LOCO»

Ramiro se reía por motivos que solo él entendía. Arqueaba la cabeza hacia un lado, como si la cabeza le pesara más de ese parte. Tenía unos bonitos ojos color avellana, aunque daba miedo esa mirada perdida que muchas veces se le ponía. No sabías si te escuchaba cuando le hablabas o estaba en su asombroso mundo. Todo cuanto le dijeras le parecía sorprendente y acababa riéndose a mandíbula batiente.

Siempre fue muy alto para su edad, y de andar desvaído, como si no quisiera crecer y se encogiera a posta. Le encantaba vestir de color verde, ya fuese el jersey, la camisa, el pantalón o los zapatos, era monocromo: color verde.

Le gustaba cantar las canciones que escuchaba en la radio. Lo hacía bastante bien. Te sorprendía que ese chaval, que parecía estar chiflado, tuviera esa voz tan melódica y dulce.

Ramiro tenía un padre al que decían «Buenagente«. Siempre atento a saludar a la vecindad con los buenos días, tardes o noches, según se terciara. Y quería mucho a su hijo, siempre estaba pendiente de que nadie osara mofarse de su Ramiro.

PERSONAJE 6. EL MIGUELETE

El Miguelete, contaba con nueve años cuando conoció a Antoñito. Este amiguito de nuestro personaje se caracterizaba por ser muy divertido, gran contador de chistes de malos a muy malos; algo miope, de estatura media, ni alto ni bajo; con flequillo tan largo que le tapaba los ojos.

Cuando iba al barrio de Antoñito «El Roña» a jugar al fútbol, era el portero del equipo. Muchas veces, olvidaba las gafas que dejaba encima de las piedras que simulaban ser unas porterías. Su mamá le reprendía porque había perdido las gafas. El Miguelete, se echaba las manos a la cabeza y decía que por eso no veía bien el balón y le habían metido muchos goles.

Al Miguelete se le daba muy bien los números y leer de corrido. Siempre le sacaba el profesor a la pizarra y le ponía de ejemplo ante los demás alumnos.

PERSONAJE 7. EL SEÑOR PATA REVÓLVER


El señor Pata Revólver, era el único amigo de Antoñito «El Roña» que ya había rebasado con creces el medio siglo de edad. Era pequeño de estatura, de nariz corva, ojos hundidos, piernas arqueadas y manos nervudas.

Algo huraño en el trato, pero generoso en el fondo. Gustaba de protegerse el escaso pelo de una boina negra. El señor Pata Revólver, le regalaba a Antoñito cerezas en primavera, helados de palo, o brevas en verano, castañas en otoño y chuches en invierno. Nunca le faltó algo que llevarse a la boca a Antoñito, si andaba por allí el señor Pata Revólver. Por supuesto, los niños del barrio no le llamaban así estando él delante, ni se te ocurriera hacerlo sino querías conocer el mal genio que se gastaba.

Presumía de su coche de la marca Citroen 2 CV, de color gris. Y de ser muy prudente al volante cuando conducía por la ciudad. La velocidad no era lo suyo, más bien le gustaba ir despacito. Llegar se llega si conduces con cuidado, decía y así conducía: sin prisas.

PERSONAJE 8. LA ALEJANDRA

En casa de Antoñito «El Roña», se lavaba la ropa y los enseres de la casa en un barreño con el famoso jabón Lagarto, hasta que con el paso de los años, el papá de Antoñito pudo comprar una lavadora de marca Kelvinator que pagaron en incómodos plazos.

Qué alivio sintió la mamá de Antoñito, por fin dejaba de destrozarse las manos que las tenían resecas de tanto frotar. Siempre decía que eso y la fregona fueron los mejores inventos de la historia. Un bálsamo para las doloridas rodillas, manos y muñecas de tantas mujeres.

Tanto cariño la cogió la mamá de Antoñito a su lavadora que la puso nombre y todo: La Alejandra. Así, con el artículo de escoba: La. Voy a poner un rato la Alejandra, voy a mirar a la Alejandra a ver si ha terminado de lavar la ropa. Voy a sacar la ropa de la Alejandra y tenderla en el patio.

Historias de ayer y hoy, que nunca deben ser olvidadas. Porque tan importante es saber de dónde venimos, cómo saber dónde vamos.

José Juan López Cuchillo.

El Rincón de Cuchillo (ePinto)

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