«El Cierzo» antes de salir de Pau en su aventura de cruzar los Pirineos. Un mes más tarde, sobrevolará el pueblo de Pinto.

La mañana del 18 de febrero de 1906 docenas de curiosos se agrupaban en las inmediaciones de la fábrica de Gas para ver ascender al globo Cierzo, que asomaba, bajo la red de cáñamo, su esfera amarillenta por encima de las toscas tapias del Parque del Aéreo-Club.

Jesús Fernández Duro había realizado todos los preparativos y recibió a sus invitados dentro de la barquilla. Eran el coronel Procopio Pignatelli, con su hermana Natalia Saur y un redactor de La Época llamado Valdeiglesias.

A las 10h40 de la mañana el Cierzo, majestuosamente, libre de las amarras que le sujetaba a los sacos de arena, se elevó sobre Madrid. La tierra se aleja para los viajeros. A los quince minutos alcanzan los 1.250 metros sobre el nivel del mar. Poco después el Cierzo aparece suspendido sobre el Palacio Real. Pronto divisan el Puente de Toledo. Las tres cintas blancas son las carreteras de la Imperial ciudad, la de Extremadura y la de Aranjuez o Andalucía. Lo que parecían colmenas resultaban ser los cementerios. Se dirigen hacía el sur y ven el Rastro lleno de animación.

Son las 11h30 y divisan las estaciones del Mediodía y de las Delicias. Parecen de juguete desde el globo. El viento les impulsa lentamente hacia Aranjuez, recorriendo 12 kilómetros por hora. Una corriente de aire les hace descender y ya distinguen perfectamente el pueblo de Villaverde, con la torre de su iglesia y su gran plaza, desde la cual algunas personas saludan a los intrépidos viajeros.

Duro arroja por la borda un saco de arena, y aligerando el globo vuelve a subir alcanzando los 1.200 metros sobre Madrid. Continúan la misma dirección que la vía férrea y las nubes ocultan la vista de la tierra. «Si nos iremos a mojar«, afirmó Duro con el entrecejo arrugado. El aire ha enfriado el gas y rápidamente descienden. Los viajeros lo advierten no por el globo, que pareces siempre estarse quieto, sino por la tierra, que aparece cada vez mas clara y cercana. Conforme van bajando, observan un pastor, que abandonando sus cabras, acude a prestar auxilio; luego aparecen 10, después 15 personas.

«Vamos a tocar tierra. Sentaos todos para no sentir el golpe en la nuca«, gritó Duro mientras echaba más arena por la borda. El globo se posó poco a poco sobre el campo, como se posa con las alas abiertas una gran ave.

«Ahora -añadió Duro- ustedes decidirán si almorzamos en tierra, sujetando el globo a un árbol, o almorzamos en las nubes«.

En las nubes, contestaron todos.

Desocupó un saco de lastre y el Cierzo volvió a remontarse, rápido y majestuoso, cerca de 2.000 metros sobre el pueblo de Villaverde. Cuando distinguían veinte pueblos distintos, Duro sacó el almuerzo. Lhardy se esmeró en su confección.

Finalizado el almuerzo, vuelan sobre Pinto, donde con prismáticos distinguen la torre de Pinto, donde estuvo presa la princesa de Éboli. Divisan su patio, rodeado de tapias a las que protegen recios cubos.

Pronto estarían a una legua de Illescas, donde había estación de ferrocarril, de la que salía un tren a las cinco y media, que les dejaría en Madrid a las siete; hora excelente para comer e ir después al Real. Duro trató de mantener el globo en la corriente adecuada para caer en los alrededores de la capital del distrito del duque de Alba. Al llegar cerca de Illescas, el globo desciende poco a poco. Tocan la bocina para ser oídos y agitan los pañuelos. El sitio era magnífico para aterrizar. Un extenso campo labrado, sin árboles, sin zanjas ni casas. El vecindario entero de Illescas sale a recibirles y les remolcan gracias a la guide-rope, la cuerda que unida al globo sirve para guiarlo desde tierra.

Ya en Illescas visitaron los cuadros del Greco en la iglesia de la Caridad antes de partir a Madrid.

Jesús Fernández Duro, el gran aventurero

El 22 de enero de aquel mismo año, Duro había logrado la Copa de los Pirineos, volando en solitario desde Pau a Guadix (Granada) en 14 horas, sorteando los Pirineos. Una copa que ganaría quien, saliendo desde Francia, descendiera sobre territorio español, volando sobre los Pirineos, sin escalas. Logró volar a 3.500 metros de altitud a temperaturas bajo cero. El aeronauta español fue la primera persona en conseguirlo y ver los Pirineos desde el aire.

En el año 1902 ya había realizado el mayor viaje en automóvil conocido hasta aquella fecha. Recorrió 10.000 kilómetros al partir desde Gijón hasta Moscú y regresar sin mapas.

Caballero de la Legión de Honor francesa y fundador del Real Aero Club de España, es el primer europeo en construir un aeroplano para sus competiciones, que no podrá estrenar por su prematura muerte el 9 de agosto de 1906 a los 28 años de edad. Su muerte, debida a unas fiebres tifoideas, nos privó de muchas aventuras que este joven intrépido, que ya contaba con múltiples reconocimientos, como la medalla del Automóvil Club francés y del Aeroclub de París y Berlín.

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