
El 19 de febrero de 1890 fallecía en Pinto Enrique Segovia Rocaberti, uno de los escritores y periodistas más versátiles y brillantes de la segunda mitad del siglo XIX. Llegó a la villa buscando alivio para la enfermedad que, desde hacía años, minaba su salud. Aquí, en la serenidad de un pueblo que todavía respiraba calma rural, vivió sus últimos días un autor cuya obra —amplia, dispersa y sorprendentemente desconocida— merecería hoy un lugar más visible en la memoria literaria española.
Un talento nacido en Chinchón
Enrique Segovia Rocaberti nació en Chinchón el 30 de agosto de 1853. Realizó estudios de segunda enseñanza e inició las carreras de Leyes y Filosofía y Letras, aunque las abandonó en el cuarto año para entregarse por completo a aquello que verdaderamente marcó su vida: la política republicana y la literatura.
Se integró desde muy joven en los ambientes intelectuales de Madrid, donde pronto destacó por su ingenio rápido, su humor fino y su escritura clara y elegante. Fue un autor flexible, capaz de brillar en géneros tan diversos como el artículo político, la sátira, el verso, el microteatro o la comedia.
Periodista de pluma afilada y humor inteligente
Segovia Rocaberti formó parte de numerosas redacciones, colaborando en revistas, diarios y semanarios que marcaron el pulso cultural y político de su época. Escribió en El País, El Cronista, Madrid Político, El Imparcial, y en publicaciones festivas tan populares como El Coco, Madrid Cómico o La Niñez. Su nombre aparecía con frecuencia en las páginas más leídas de la prensa madrileña, y su ingenio podía reconocerse incluso en los artículos escritos “al correr de la pluma”.
Sus compañeros lo consideraban un escritor satírico excepcional, dueño de una gracia culta y jamás vulgar. Prácticamente no había revista humorística de la época que no hubiera publicado alguno de sus textos. También era un articulista político inquieto, comprometido y firme en sus ideales republicanos, que defendió siempre con pasión.
El dramaturgo que no persiguió la gloria escénica
Aunque su vocación principal era el periodismo, Rocaberti obtuvo también éxitos en la literatura dramática. En su juventud estrenó varias comedias en los teatros de Variedades, Comedia y Lara, recibiendo aplausos del público y elogios de la crítica. Sin embargo, pese a estos prometedores comienzos, no continuó con la constancia necesaria para consolidar la carrera escénica que muchos creían que le aguardaba.
Aun así, dejó piezas teatrales apreciables, algunas de ellas escritas para su esposa, la escritora y actriz madrileña Sofía Romero, con quien contrajo matrimonio el 7 de marzo de 1885.

Una poesía cargada de ideales
Su libro de poemas En la brecha es, según afirmaron contemporáneos suyos, una verdadera profesión de fe política. Sus versos estaban impregnados de los ideales democráticos que defendió toda su vida y que abordó siempre con entusiasmo, sensibilidad y profunda convicción. Su compromiso político era inseparable de su identidad como escritor.
Un hombre querido por todos
A su talento literario se sumaba un carácter amable, cercano y generoso. Los compañeros de redacción lo recordaban como un amigo cariñoso, incapaz de un gesto altivo o de una palabra hiriente. Su trato afable le ganó simpatías en todas partes, y quienes trabajaron con él afirmaban que su bondad era tan notable como su ingenio.
Por eso su muerte produjo un impacto hondísimo. Desde El País, donde había creado una sección que “murió con él”, escribieron con dolor:
“Conservaremos en nuestra memoria un recuerdo imperecedero, aunque penoso, de su prematura muerte.”
La redacción y muchos de sus compañeros lloraron la pérdida del escritor, del periodista, pero también del amigo.
Un final sereno en Pinto
El deterioro de su salud lo llevó a retirarse temporalmente a Pinto, donde esperaba encontrar alivio. Fue en nuestra villa donde su vida se apagó a los treinta y siete años, justo cuando su carrera literaria estaba en plena madurez. Aquí terminó la lucha contra la enfermedad que tanto temían sus amigos, y aquí quedó su memoria, silenciosa pero firme, esperando ser recuperada.
El legado de un autor disperso pero imprescindible
Aunque murió joven, Enrique Segovia Rocaberti dejó una producción literaria enorme, dispersa entre periódicos, revistas cómicas, diarios políticos y obras teatrales. Su nombre se relaciona con figuras tan significativas como Leopoldo Alas “Clarín”, José Martí o los círculos literarios más activos de Madrid.
En los últimos años, su pueblo natal ha reconocido su valor. La Asociación de Amigos de la Biblioteca y del Archivo Histórico de Chinchón organiza el Certamen literario Enrique Segovia Rocaberti, dedicado a la poesía, el microteatro y el artículo de opinión, géneros que el autor cultivó con maestría.
Un escritor que merece volver a ser leído
La vida y obra de Enrique Segovia Rocaberti son un testimonio del talento efervescente, curioso y comprometido de una generación de escritores que hicieron de la palabra un arma elegante y necesaria. Pinto fue su última morada, y quizá por eso —por la serenidad con la que cerró aquí su vida— conviene recordarlo no solo como el periodista ingenioso que fue, sino también como el hombre que encontró en esta villa un refugio cuando más lo necesitaba.
Hoy, más de un siglo después, su figura sigue reclamando un lugar propio en la historia literaria española. Y es justo que sea desde Pinto, donde descansó por última vez, desde donde volvamos a rescatar su memoria y honrar su legado.



