
Historia de los cines en la villa
Dicen los pinteños y pinteñas de más edad que en Pinto siempre hubo cine. Y no es una exageración nacida de la nostalgia. Desde los tiempos del cine mudo proyectado en un pajar, acompañado por un piano y por los gritos del público, hasta las modernas salas del centro comercial, el séptimo arte ha formado parte de la vida cotidiana del municipio durante más de un siglo.
El primer “cini”: un pajar en la calle de Torrejón
Apenas habían pasado unos años desde que los hermanos Lumière sorprendieran al mundo cuando, en 1908 el cinematógrafo llegaba a las fiestas de Pinto. En los años veinte, Pinto ya contaba con cine. O, mejor dicho, con “el cini”, como se le nombraba popularmente. El lugar habilitado para tal menester era un antiguo pajar situado en la calle de Torrejón, a la derecha según se entraba, frente al Asilo de San Pedro, hoy Centro de mayores Santa Rosa de Lima.
Aquel local distaba mucho de lo que hoy entendemos por una sala de cine. El público se sentaba en toscos bancos de madera y las películas eran, naturalmente, mudas. Durante la proyección, don Silverio, director de la Banda de Música Municipal, aporreaba las teclas de un viejo piano intentando acompasar la música a las imágenes, tarea complicada ante el murmullo constante del público.
Porque el cine, entonces, se vivía en voz alta. Los asistentes comentaban la acción sin recato alguno, avisaban al protagonista del peligro —«¡No entres, que te cogen!»— o increpaban al villano cuando acosaba a la dama. Si la película se cortaba, algo frecuente, el griterío era ensordecedor:
—¡Se la ha cortao! ¡Sr. Martín, se la ha cortao!
El señor Martín, dueño del local y de la máquina, no podía hacer otra cosa que pegar la película y esperar a que secara. En esos improvisados entreactos, aquello se venía abajo. Era un espectáculo con un inconfundible sabor a pueblo.
Con el tiempo, aquel primer cine dejó de proyectar películas y el local pasó a utilizarse como almacén de las barreras y los tendidos de la plaza de toros. Aquellas robustas barreras y bonitos tendidos acabarían desapareciendo durante la Guerra Civil. Los fríos días de enero de 1937 y el paso de las tropas franquistas redujeron a humo y ceniza aquel material y tantas otras cosas. Fue uno más de los tributos que pagó Pinto.
Nuevos espacios para el cine y el ocio
Años más tarde, cuando los hermanos Infante construyeron la fábrica de mosaicos en el Egido, dedicaron una nave de la misma a cine público, que en verano se trasladaba al patio. Pinto, a principios del siglo XX, era lugar de veraneo de la clase media, tanto por sus aguas como por su cercanía a Madrid y sus buenas comunicaciones, lo que permitió que el municipio disfrutara con cierta anticipación de los avances y novedades de la época.
Posteriormente, todavía en tiempos de cine mudo, el “cini” se trasladó a un nuevo emplazamiento: la calle de Ramón y Cajal, conocida por los pinteños como la calle del Café. Allí, en el local que ocupó la discoteca Kristal y hoy ocupa otra discoteca, puerta con puerta con el Bar Pascuala, Paco Rosado y Juan Calle Urbina pusieron en marcha un cine que marcaría una época: el Cine Moderno.

Tras la Guerra Civil, este cine pasó a manos de otro hombre trabajador incansable, que alternaba la exhibición cinematográfica con el abastecimiento de fideos al pueblo, que traía desde Valladolid en una vieja camionetilla.
Cine y baile: espacios compartidos
Durante los años de la posguerra, el cine de la calle del Café (Ramón y Cajal) no fue solo cine. Alternó su actividad con la de sala de baile. La música procedía de un viejo organillo de manubrio que, aunque pudiera parecer sencillo, requería habilidad para dar la entonación adecuada a cada baile.
El ritual social era casi tan importante como el espectáculo. Los mozos se agrupaban en el centro de la sala, animándose unos a otros para vencer la timidez y sacar a bailar a las chicas, que aguardaban sentadas junto a las paredes, acompañadas de madres, tías o vecinas que ejercían la función de “carabina”. Las calabazas eran frecuentes, y no faltaban las jóvenes que bailaban entre ellas, cruzando miradas cómplices con quienes deseaban ser invitadas.
El sonido del arrastre de los pies sobre el mosaico y el tono elevado de las conversaciones a menudo impedían oír el organillo, pero el “buen hacer” de los danzantes no necesitaba música ni gaítas.
Pinto, un pueblo lleno de escenarios
A lo largo de los años, Pinto contó con numerosos espacios dedicados al cine, el teatro, el baile o las varietés, especialmente en verano. Entre ellos se encontraban el Pósito del Parque Egido, la fábrica de mosaicos, “El Paraíso” en el barrio de la Estación, la plaza de la Constitución, locales de la calle Hospital, de la calle de la Cadena, de San Martín o de las Monjas, así como cines de verano improvisados en plazas y solares. La Terraza Moderno a finales de los años 60 fue propiedad de Martín Notorio Pérez y la Terraza, a principios de los años 70, fue propiedad de Francisco García Navarro. Algunos tuvieron una vida efímera; otros dejaron recuerdos imborrables.
Incluso la iglesia fue escenario cinematográfico. En los años sesenta se proyectaban películas en la sacristía, en sesiones dirigidas principalmente a jóvenes y familias. Aquellas proyecciones, cuidadosamente seleccionadas, cumplían una función social y educativa en una época de escasez de locales y de fuerte control moral del ocio.
El Cine Mabel: el gran cine de Pinto
En la calle Pedro Faura, número 4, se alzó el que muchos consideran el cine más prestigioso que ha tenido Pinto: el Cine Mabel. Aunque oficialmente se inauguró en 1983, siendo su propietario Francisco Jabardo Alonso, existen recuerdos que sitúan sus primeras proyecciones ya en 1970, cuando, según testimonio, se proyectó Doce hombres sin piedad el 7 de febrero de ese año.

El edificio estaba cuidadosamente organizado: la taquilla a la derecha, un amplio vestíbulo con tres puertas de acceso a la sala y acomodadores con librea roja en los días señalados. Las butacas eran abatibles, de madera, con asiento mullido tapizado en tela roja. La pantalla era enorme y contaba con un escenario elevado donde se representaban obras de teatro escolar y espectáculos ambulantes como el Teatro Chino de Manolita Chen.
El cine tenía bar, situado en la planta superior, al que se accedía por una escalera lateral. Allí se compraban palomitas, regaliz, refrescos, cervezas Mahou o Ryalcao. Bajo la escalera se encontraban los aseos. La magia del cine se completaba con el telón rojo, la oscuridad total y el haz de luz que, desde la cabina del proyeccionista, atravesaba la sala hasta la pantalla.
El entorno también formaba parte de la experiencia: frente al cine se encontraba el Bar Sol, regentado por la familia de Inocencio “Ino” Gutiérrez, lugar inseparable de muchos recuerdos compartidos.
El Cine Mabel tuvo su última sesión cinematográfica el 23 de marzo de 1987, pasando a ser sala de fiestas y posteriormente gimnasio.
El Minicine Las Vegas y el cine de una generación

En 1987 abrió sus puertas el Minicine Las Vegas, en la calle San Martín, número 12, con un aforo de 365 butacas, siendo su propietario Francisco Cruz Causapie. Para muchos niños y niñas de Pinto de finales del siglo XX, fue el cine de su infancia. Los domingos por la mañana, después de la misa de las once, grupos enteros de chavales acudían al cine acompañados por algún abuelo del barrio. Previamente, ya habían visto la cartelera en el mostrador del Restaurante La Parada.

Allí se vieron E.T., películas de Parchís, Supergirl o de Los Hombres G. Durante años fue uno de los pocos entretenimientos infantiles del municipio. Su cierre dejó a Pinto seis largos años sin cine, una ausencia especialmente dolorosa para una población que rondaba ya los 25.000 habitantes.
Del cine de barrio al centro comercial
Tras aquel paréntesis, la apertura de un centro comercial devolvió el cine a Pinto, aunque bajo un modelo distinto: grandes estrenos, múltiples pantallas y una oferta eminentemente comercial, donde siempre se ha echado en falta el cine de autor o en versión original.
Epílogo
Desde el pajar de la calle Torrejón hasta las salas actuales, el cine en Pinto ha sido mucho más que una pantalla. Ha sido escuela sentimental, punto de encuentro, refugio de invierno y fiesta de verano. Cambiaron los locales, la tecnología y las costumbres, pero no la pasión de un pueblo que, generación tras generación, supo sentarse en la oscuridad para dejarse emocionar por la luz del cine.



