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En el verano de 1846, una crónica publicada en El Clamor Público bajo el título “Una alcaldada” llamó la atención de muchos lectores al describir una escena tan pintoresca como reveladora ocurrida en Pinto.
Lo que podría parecer un asunto menor —el precio de unos tomates— se convierte, al leer el relato, en una ventana a la España isabelina, donde la política, la autoridad local y la vida cotidiana se entrelazaban de forma sorprendente.

Era el 2 de agosto, pleno verano, temporada de huerta en Pinto. Un vecino de Recas había llegado al pueblo para vender tomates a tres cuartos la libra. La venta marchaba bien, y las mujeres del lugar acudían con entusiasmo a aprovechar la oferta. Animado por la demanda, el comerciante decidió subir ligeramente el precio, hasta cuatro cuartos por libra. Para un mercado rural como el de Pinto, donde los precios se ajustaban según la oferta y la demanda, aquella variación era habitual, incluso lógica. Sin embargo, el alcalde del municipio la vio como una afrenta. La crónica describe al alcalde como un hombre autoritario, todavía atrapado en los modos del antiguo régimen, un voluntario realista que había “manejado el sable” en Madrid y que ahora exhibía con orgullo la “vara municipal”.

La reacción fue inmediata y desproporcionada: el alcalde ordenó al tratante vender todo al precio original de tres cuartos “bajo pena de ser conducido de mula”. El relato, cargado de ironía, transforma la escena en un pequeño caos urbano, provocado por el celo exagerado de un hombre que parecía confundir la autoridad con el poder absoluto. Lo que para el vecino de Recas era un ajuste comercial normal, para el alcalde era una amenaza al orden público.

El periódico no se limita a narrar la anécdota, sino que la enmarca dentro de la situación política nacional con un verso satírico que apunta tanto al alcalde de Pinto como a la España de su tiempo:

“Encuéntrase la España liberal
peor que en tiempo de Ervijo y Chindasvinto.
Manda el ministro, el juez y el general,
y mandan todos como alcalde en Pinto.”

La mención de Chindasvinto (642–653) y Ervigio (680–687) no es casual. En el siglo XIX, los historiadores y periodistas liberales recurrían a los reyes visigodos para criticar gobiernos autoritarios, brutales o arbitrarios. Chindasvinto se asociaba con un reinado duro y represivo, mientras que Ervigio simbolizaba la debilidad que permitía abusos de poder e intrigas. Con ello, el periódico sugería que la España de 1846, y en particular el alcalde de Pinto, ejercía un autoritarismo que incluso superaba la dureza de los visigodos.

Lejos de ser solo un episodio cómico, la “alcaldada” refleja con claridad la vida cotidiana y la política local de la España isabelina. La administración municipal estaba marcada por el clientelismo, la arbitrariedad y la nostalgia del antiguo régimen. Conflictos aparentemente triviales, como el precio de un tomate, podían convertirse en pequeños escándalos, y los alcaldes se erigían en figuras casi absolutas dentro de su territorio. Probablemente, el protagonista del incidente fuese Valentín Cabello, alcalde de Pinto en esos años, cuya actuación ilustra a la perfección la mezcla de arbitrariedad y autoridad que caracterizaba a muchos municipios españoles de la época.

La crónica de “Una alcaldada” nos recuerda que la historia de Pinto no solo se mide por grandes hitos o acontecimientos trascendentes, sino también por episodios cotidianos que revelan la esencia de la vida local. A través de una disputa comercial aparentemente trivial, se asoma una España en transición, donde la política, la autoridad y la vida rural se entrelazan de formas inesperadas. Así, aquel verano de 1846, los tomates no solo llenaron las mesas de los vecinos, sino que, casi dos siglos después, ofrecen una lección sobre el ejercicio del poder y la naturaleza del gobierno en la España del siglo XIX.

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