En el otoño de 1845, el tranquilo pueblo de Pinto, situado a pocos kilómetros de Madrid, se convirtió en el escenario de una aventura que parecía sacada de las páginas de una novela romántica. Según relata el periódico El Español, un grupo de vecinos se lanzó a la búsqueda de un antiguo tesoro escondido, supuestamente dejado atrás durante la tumultuosa época de la invasión francesa. La noticia de la existencia de este tesoro, repleto de riquezas incalculables, no solo capturó la imaginación de estos audaces buscadores, sino que también atrajo la atención de toda la región.

La expedición del tesoro comenzó cuando los vecinos de Pinto, tras recibir pistas sobre su ubicación exacta cerca del cementerio local, localizado entonces en un lateral del exterior de la iglesia de Santo Domingo de Silos, acudieron a las autoridades en Madrid para obtener el permiso necesario para excavar. Lo que inicialmente pudo parecer una mera formalidad burocrática se transformó en una tarea apasionada y meticulosa.

A mediados del siglo XIX el cementerio de Pinto estaba situado en el lateral exterior de la iglesia, junto a la torre campanario

Después de varios días de arduo trabajo y múltiples excavaciones, el grupo descubrió una gran losa de piedra, perfectamente sellada con cal en los costados. El sonido hueco que emitía al ser golpeada alimentó sus esperanzas de que debajo se ocultara la tan ansiada fortuna.

Con el hallazgo de esta losa, los entusiasmados buscadores no tardaron en regresar a Madrid, esta vez para informar a las autoridades y solicitar su presencia en el acto de levantar la misteriosa piedra, un momento que prometía ser decisivo. La ley requería tal supervisión para garantizar un reparto justo de lo encontrado, en caso de confirmarse la existencia del tesoro.

Sin embargo, conforme avanzaban los días, el optimismo inicial dio paso a la desilusión. El periódico El Español reportó el 31 de octubre que los exploradores habían comenzado a perder la esperanza, y aunque dejaron a dos obreros continuando la labor, el escepticismo crecía. La narrativa cambió de tono al revelar que los instigadores de la noticia de la existencia en Pinto de un tesoro, un barbero y un cura de la capital, quizás fantaseaban más con una riqueza inmediata que con realidades tangibles. Los costes de la operación, incluidas las comidas y jornales, ascendieron a unos mil quinientos reales, una suma no menor para la época, despertando críticas sobre la posible frivolidad de la empresa. Según indicaba El Español, el oro que se hallaba encerrado bajo la misteriosa piedra «estaba enterrado desde la expulsión de los moros, según unos, y según otros desde la guerra de la independencia.

El Eco del Comercio también informó de esta singular cruzada el 1 de noviembre, destacando la pausa en las excavaciones hasta la llegada de la autoridad competente para supervisar la apertura de la losa. Este periódico planteó una pregunta que seguramente muchos se hacían: ¿Cuántas ilusiones y castillos en el aire habrán construido ya estos buscadores?

Esta búsqueda del tesoro en Pinto, más allá de su posible éxito o fracaso, revela la perenne atracción del ser humano por los misterios y la riqueza rápida. También destaca cómo la comunidad puede movilizarse, guiada tanto por la promesa de fortuna como por el simple encanto de un enigma por resolver. En los días siguientes, Pinto y sus incansables vecinos esperarían con ansias la decisión de las autoridades, mientras la prensa seguía especulando: ¿se descubrirá finalmente el tesoro o quedará todo en una leyenda más del pasado turbulento de España? La respuesta a estas preguntas quedaría reservada para el desenlace de esta apasionante saga en un próximo artículo.

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