
No son simples placas incrustadas en la acera. Son Stolpersteine, palabra alemana que significa «piedras que hacen tropezar«. Pero no buscan que caigamos. Su verdadera intención es otra: hacernos detener el paso, inclinar la mirada y recordar a quienes un día salieron de su casa sin imaginar que jamás volverían.
En la Avenida de España de Pinto hay dos de esas pequeñas piedras doradas. Muchos vecinos pasan a su lado cada día sin reparar en ellas. Sin embargo, sobre esos pocos centímetros de latón descansa una parte de la historia del municipio y el recuerdo de dos pinteños que fueron víctimas del nazismo.
Cada Stolperstein está grabada a mano y recoge un nombre, una fecha de nacimiento, el lugar de deportación y el destino de quien la protagoniza. Son fragmentos de memoria colocados sobre el pavimento para devolver la identidad a personas que el régimen nazi trató de convertir en un simple número.
Una de ellas recuerda a Hilario García Rodríguez.
Nació en Pinto el 18 de diciembre de 1916, en una vivienda situada donde hoy confluyen las calles Perú y Pedro Faura. Era un joven de firmes convicciones republicanas y llegó a formar parte del Cuerpo de Guardias de Asalto durante la Segunda República, ejerciendo incluso como escolta de un alto cargo.

La Guerra Civil cambió para siempre el rumbo de su vida. Cuando el Gobierno de la República abandonó Madrid rumbo a Valencia, Hilario marchó junto a su madre y una de sus hermanas. Al finalizar la contienda cruzó la frontera francesa y se incorporó a la Resistencia contra la ocupación alemana, mientras su familia regresaba a Pinto.
Su rastro se pierde hasta que los archivos del terror vuelven a mencionarlo. El 8 de septiembre de 1940 ingresó en el campo de concentración de Mauthausen con el número de prisionero 4.463. Poco después fue trasladado al subcampo de Gusen, donde los nazis lo clasificaron como Rotspanier, «español rojo».
Murió el 25 de octubre de 1941. Tenía solo veinticinco años. Los documentos oficiales atribuyeron su fallecimiento a una supuesta miocarditis, aunque hoy se sabe que las causas reflejadas en los registros nazis rara vez respondían a la realidad.
Junto a ella, otra piedra conserva la memoria de José Luis Sainero Carrero.
Había nacido en la histórica Casa de la Cadena el 24 de mayo de 1918. Su familia estaba estrechamente vinculada a la Compañía Colonial, la emblemática fábrica de chocolate de Pinto. Al estallar la Guerra Civil se incorporó al ejército republicano, combatió en la batalla del Ebro y resultó gravemente herido en Belchite.

Tras la derrota republicana emprendió, como cientos de miles de españoles, el dramático camino del exilio. Cruzó los Pirineos a pie junto a aquella interminable columna de hombres, mujeres y niños que abandonaban España entre el frío, el hambre y la incertidumbre. En Francia sufrió las durísimas condiciones de los campos de refugiados de Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Le Barcarès.
Cuando comenzó la Segunda Guerra Mundial se alistó en la Armada francesa para seguir luchando contra el fascismo, pero fue capturado por el ejército alemán en 1940. El 7 de abril de 1941 llegó deportado a Mauthausen con el número de prisionero 4.931.
Allí trabajó en la cantera, construyendo las ampliaciones del propio campo de concentración y recogiendo los cuerpos sin vida de quienes eran asesinados en la tristemente célebre Escalera de la Muerte. También sufrió brutales torturas a manos de los médicos nazis, que utilizaron su cuerpo para prácticas de traumatología.
En 1943 fue trasladado al subcampo de Ebensee, donde participó en la excavación de túneles destinados a la industria armamentística del Tercer Reich.
El 6 de mayo de 1945 fue liberado por las tropas aliadas. Apenas pesaba cuarenta y cinco kilos. Contra todo pronóstico consiguió sobrevivir, rehízo su vida en Francia, formó una familia y vivió hasta 2002.
Sin embargo, nunca regresó a España. Nunca volvió a recorrer las calles de Pinto, el pueblo donde había nacido y que quedó para siempre convertido en el recuerdo de una vida interrumpida.
Con el paso del tiempo, ambas historias estuvieron a punto de desvanecerse entre las páginas de la historia. Pero el 12 de noviembre de 2022, el Ayuntamiento de Pinto, a iniciativa del entonces concejal de Memoria Histórica, Carlos Gutiérrez, les devolvió simbólicamente el lugar que nunca debieron perder en la memoria colectiva del municipio, con la instalación de dos Stolpersteine y un monumento conmemorativo en la Avenida de España.

El proyecto Stolpersteine fue creado en 1996 por el artista alemán Günter Demnig y hoy constituye el mayor memorial descentralizado del mundo dedicado a las víctimas del nazismo. Miles de estas pequeñas piedras se encuentran repartidas por toda Europa, siempre frente al último lugar donde aquellas personas vivieron en libertad.
La próxima vez que pases por la Avenida de España, detén el paso unos segundos. Quizá un pequeño destello dorado reclame tu atención.
Inclínate, lee esos dos nombres y piensa en todo el camino que recorrieron desde Pinto hasta Mauthausen.
Porque el verdadero destino de estas piedras no es el suelo.
Es nuestra memoria.
Más información en el libro «De Pinto, mi reina II«, de Mario Coronas




