En 1826, el pintor italiano Giuseppe Canella realizó una pequeña pintura de Pinto que hoy constituye un documento excepcional para conocer cómo era nuestra villa hace dos siglos. La descubrí casualmente en 2014 y, un año después, conseguí que la galería que la conservaba me facilitara una imagen en alta resolución para compartirla con todos los pinteños. Doscientos años después de que Canella la pintara, esta es la historia de aquella imagen y de lo que todavía podemos descubrir en ella.
Vue du village de Pinto près de Madrid, 1826, Giuseppe Canella

Hay imágenes que son mucho más que una simple representación del pasado. En ocasiones, una pintura, una fotografía o un grabado consigue conservar ante nuestros ojos aquello que el paso del tiempo se llevó para siempre. En el caso de Pinto, existe una pequeña pintura que tiene precisamente ese valor: una vista del pueblo realizada en 1826 por el pintor italiano Giuseppe Canella, en la que aparecen algunos de los edificios, calles y personajes que formaban parte de la vida cotidiana de nuestro municipio hace ahora exactamente doscientos años.

La obra lleva por título Vue du village de Pinto près de Madrid —«Vista del pueblo de Pinto cerca de Madrid»— y, aunque sus reducidas dimensiones puedan hacer pensar en una obra menor, su importancia para la historia local es extraordinaria. Pintada al óleo sobre metal y con unas medidas de apenas 12,1 por 16,7 centímetros, la pintura constituye uno de los testimonios gráficos más antiguos y valiosos que permiten aproximarnos a cómo era Pinto en las primeras décadas del siglo XIX.

Pero la historia de esta pintura tiene, además, otra historia detrás. Durante mucho tiempo, aquella imagen permaneció lejos de Pinto, conservada en una galería de arte de París. Fue en 2014, mientras investigaba documentación e imágenes relacionadas con el pasado de nuestro municipio, cuando localicé la existencia de esta obra y pude comprobar que aquella pequeña pintura contenía una vista de Pinto fechada en 1826. El descubrimiento abría una posibilidad extraordinaria: conseguir que los vecinos pudieran contemplar con detalle una imagen de nuestro pueblo realizada cuando todavía faltaban muchas décadas para la llegada de la fotografía.

Un Pinto de hace dos siglos ante los ojos de Giuseppe Canella

Para comprender la importancia de la pintura hay que situarse en el Pinto de 1826. La localidad era entonces un pequeño núcleo situado al sur de Madrid, muy alejado de la fisonomía urbana que conocemos actualmente. El paisaje que Canella encontró estaba formado por casas de reducida altura, calles de tierra, animales, carros y vecinos desarrollando su actividad cotidiana, con la iglesia parroquial dominando el conjunto.

Y es precisamente esa iglesia la que convierte la pintura en un documento de extraordinario interés. En el centro de la composición se levanta la antigua torre campanario de Pinto, coronada por un esbelto chapitel que desaparecería varias décadas después. La torre que vemos en la pintura no es, por tanto, una recreación imaginada de un edificio desaparecido, sino una representación realizada cuando todavía se encontraba en pie y formaba parte del paisaje cotidiano de los pinteños.

Canella dejó además una escena llena de vida. Ante la iglesia aparecen personas, animales y carros, mientras que las edificaciones que rodean el templo permiten hacerse una idea de la arquitectura y de la distribución del pueblo en aquel momento. La pintura no muestra únicamente un edificio concreto: nos ofrece una instantánea de Pinto, de sus calles y de sus habitantes, tal como podía contemplarlos un viajero en 1826.

Ese carácter cotidiano es precisamente uno de sus mayores valores. No estamos ante una fotografía tomada desde un punto de vista neutro ni ante un plano elaborado con finalidad administrativa. Estamos ante la mirada de un artista que decidió detenerse ante el paisaje y convertirlo en una pequeña obra de arte.

Giuseppe Canella y sus pequeñas vistas

Giuseppe Canella nació en Verona en 1788 y desarrolló buena parte de su trayectoria artística entre Italia, Francia y España. Canella fue uno de los representantes del vedutismo, un género nacido en Venecia en el siglo XVIII que convirtió las ciudades y sus paisajes en protagonistas de pequeñas escenas llenas de vida. Tras llegar a España en 1820, Canella realizó numerosas vistas de Madrid y sus alrededores, prestando especial atención no solo a la arquitectura, sino también a los personajes y a la vida cotidiana, especialmente a aquellas escenas urbanas y paisajísticas que permitían conservar la imagen de una ciudad, un pueblo o un determinado lugar.

Retrato de Giuseppe Canella

En este tipo de obras, los edificios no aparecen aislados, sino integrados en escenas en las que las personas, los animales, los caminos y la actividad cotidiana forman parte esencial de la composición.

La pequeña pintura de Pinto responde precisamente a ese concepto. Su reducido tamaño —12,1 por 16,7 centímetros— no disminuye su interés; al contrario, nos permite reconocerla dentro de una tradición de pequeñas vistas concebidas para conservar y transportar la imagen de determinados lugares.

La obra está firmada y fechada en 1826. El propio cuadro, por tanto, proporciona una referencia temporal extraordinariamente precisa. Sabemos que la antigua torre todavía estaba en pie, que la iglesia conservaba la configuración que aparece en la escena y que el paisaje urbano de Pinto era todavía el de una población muy diferente de la que conocemos hoy.

Y aquí comienza también la importancia de esta pintura para reconstruir nuestra historia.

Una torre que todavía dominaba el paisaje de Pinto

Cuando Canella realizó su pintura, nadie podía imaginar que aquella torre y portada acabarían desapareciendo. Durante décadas seguiría formando parte del perfil de Pinto hasta que una sucesión de acontecimientos terminaría provocando su deterioro y posterior desmontaje.

La Pequeña Catedral en una fotografía de finales del siglo XIX, antes del impacto del rayo.

Uno de los episodios decisivos ocurrió el 12 de septiembre de 1897, un domingo, cuando un fuerte temporal descargó sobre la localidad. Eran aproximadamente las cinco de la tarde cuando un rayo alcanzó el chapitel de la iglesia. La descarga provocó un incendio de grandes proporciones en la parte superior de la torre, cuyo armazón era de madera.

El fuego fue finalmente sofocado después de unas dos horas gracias al arrojo de varios jóvenes y a la intervención de las fuerzas de la Guardia Civil, cuyos miembros subieron a la torre poniendo en riesgo sus propias vidas para conseguir controlar las llamas. No hubo que lamentar desgracias personales, pero los daños sufridos por la torre fueron importantes.

Pinto no contaba entonces con los sistemas de protección frente a las descargas eléctricas que posteriormente se instalarían en los edificios. Los primeros pararrayos comenzaron a generalizarse en Madrid a comienzos del siglo XX, de modo que aquella torre que Giuseppe Canella había pintado en 1826 se encontraba completamente desprotegida frente a una tormenta como la que se produjo en 1897.

El incendio marcó un antes y un después. Las campanas fueron bajadas de la torre y terminaron instalándose a nivel del suelo, dando lugar a la popular denominación de «las campanas de tierra». Juan José Sánchez, en su libro Una breve historia de Pinto, lo resumía en unos versos escritos en 1971 de una manera tan sencilla como expresiva:

«La torre estaba hecha,

cayó un rayo y la partió

y el juego de sus campanas

desde el suelo se tocó».

La pintura de Canella adquiere así una dimensión todavía mayor. Al contemplarla hoy estamos viendo no solamente un Pinto de 1826, sino también un edificio que desaparecería de nuestro paisaje menos de un siglo después.

El principio del fin de la antigua torre

Durante los años posteriores al incendio, la situación de la iglesia y de su torre fue empeorando. La documentación conservada en la prensa histórica permite seguir las noticias sobre el estado del edificio, las dificultades económicas para acometer las obras y los distintos intentos de solucionar una situación que cada vez resultaba más preocupante.

En 1908 llegaron incluso a paralizarse las obras destinadas a levantar una nueva torre por falta de fondos. Mientras tanto, las referencias a la iglesia parroquial y a su estado de conservación fueron cada vez más alarmantes, hasta hablarse abiertamente de ruina e incluso del hundimiento de parte del edificio.

La investigación de la prensa histórica permite también separar los hechos documentados de algunas de las historias que con el paso del tiempo fueron incorporándose a la memoria popular.

Una de ellas es la conocida leyenda del cura loco que habría ordenado desmontar la torre porque estaba torcida y que, durante esos trabajos, habría provocado accidentalmente su caída sobre la portada de la iglesia. Según esa tradición, torre y portada habrían desaparecido juntas en 1918.

Sin embargo, la documentación disponible no sostiene esa versión.

Sí existió un sacerdote sobre el que circularon historias en Pinto, pero el episodio corresponde a 1903, año en el que desapareció de la localidad después de haber estafado a una familia. Nada de ello permite atribuirle la decisión de desmontar la torre ni relacionarlo con el supuesto derribo de 1918.

Los documentos y las noticias de la época permiten reconstruir otra historia mucho más compleja y, sobre todo, mucho más precisa.

La portada no cayó en 1918: se hundió el 22 de febrero de 1921

La fecha resulta especialmente importante porque permite corregir otra de las confusiones que se han transmitido durante generaciones.

La antigua portada de la iglesia parroquial no se hundió en 1918, como sostiene la leyenda, sino el 22 de febrero de 1921.

La explicación que ofrecen las informaciones de la época es muy distinta de la historia popular. Parte de la bóveda falló por su base y los dos botareles que contribuían a sostenerla, aunque de manera insuficiente, terminaron desmoronándose. La caída generó además el peligro de que el desprendimiento arrastrara consigo el resto del edificio.

De este modo, el final de aquella iglesia y de su antigua torre no puede resumirse en la historia de un sacerdote que decidió desmontar una torre torcida. Fue el resultado de décadas de deterioro, del incendio provocado por el rayo de 1897, de la retirada de las campanas, de las dificultades económicas para acometer las obras y, finalmente, de la ruina progresiva del edificio.

La investigación en la hemeroteca permite reconstruir esa sucesión de acontecimientos y, al mismo tiempo, comprobar hasta qué punto la memoria popular puede transformar con el paso de los años una historia real en una leyenda.

Y es precisamente aquí donde la pintura de Canella vuelve a adquirir un valor excepcional.

Porque gracias a ella podemos contemplar hoy aquello que los vecinos de Pinto de hace dos siglos veían cada día y que nosotros ya no podemos encontrar en nuestras calles.

El cuadro que regresó a Pinto casi dos siglos después

Cuando en 2014 localicé la pintura de Canella, comprendí inmediatamente que no se trataba simplemente de encontrar otra referencia histórica sobre Pinto. Había aparecido ante nosotros una imagen directa del pueblo realizada en 1826 y, además, en ella podía reconocerse perfectamente la antigua iglesia con su torre.

La obra se encontraba entonces en la Galerie Claude Vittet, en París. El siguiente paso fue intentar conseguir una reproducción que permitiera darla a conocer en Pinto.

El 5 de enero de 2015 escribí a la galería explicando el interés que tenía aquella obra para nuestro municipio y solicitando, si era posible, una imagen en alta resolución que pudiera ser difundida entre los vecinos. Al día siguiente recibí la respuesta de Claude Vittet.

La contestación llegó acompañada de la reproducción en alta resolución de la pintura y de sus datos técnicos: Vue du village de Pinto près de Madrid, óleo sobre metal, 12,1 por 16,7 centímetros, firmado y fechado en 1826.

Aquella respuesta hizo posible algo que hasta entonces parecía difícil: que una imagen conservada en París pudiera volver a estar al alcance de los propios pinteños, aunque fuera a través de una reproducción digital.

La pintura pudo publicarse aquel día de Reyes en La Voz de Pinto, permitiendo que muchos vecinos descubrieran por primera vez cómo era su pueblo casi doscientos años atrás.

Conservo aquellos correos electrónicos porque forman parte también de la pequeña historia de esta obra. Son dos mensajes aparentemente sencillos, intercambiados el 5 y el 6 de enero de 2015, pero documentan el recorrido que permitió que aquella vista de Pinto dejara de ser una obra prácticamente desconocida para convertirse en una imagen accesible para nuestro municipio.

Una imagen que es ya parte de nuestra memoria histórica

Han pasado dos siglos desde que Giuseppe Canella se detuvo ante Pinto y decidió trasladar aquella escena a una pequeña plancha de metal. En ese tiempo desaparecieron edificios, cambiaron las calles, se transformó completamente el paisaje urbano y aquella torre que dominaba la pintura terminó convirtiéndose en un recuerdo.

Pero el cuadro permaneció.

Y quizá ese sea su mayor valor. Canella no podía saber que doscientos años después su pequeña pintura permitiría a los habitantes de Pinto mirar directamente hacia un pasado que ya no existe. Tampoco podía imaginar que aquella obra terminaría conservada en París y que, casi ciento noventa años después de haber sido pintada, alguien buscaría la manera de localizarla y hacerla llegar de nuevo a quienes viven en el lugar que él había representado.

Hoy, en 2026, se cumplen exactamente doscientos años de aquella vista. Dos siglos desde que Pinto quedó retratado en una pequeña obra de apenas unos centímetros que, sin embargo, contiene una enorme parte de nuestra historia.

Al contemplarla podemos reconocer la silueta de la antigua iglesia y de su torre, pero también podemos detenernos en los personajes que aparecen en primer plano, en los carros, en los animales, en las viviendas y en ese paisaje cotidiano que Canella convirtió en arte.

La pintura nos permite mirar Pinto cuando todavía no existían las fotografías, cuando la torre de la iglesia seguía en pie y cuando el pueblo que conocemos hoy apenas comenzaba a escribir las páginas de su historia contemporánea.

Por eso esta pequeña obra conservada en París puede considerarse, sin exageración, un auténtico tesoro para Pinto. No solo porque fue pintada por un artista como Giuseppe Canella, sino porque ningún documento escrito puede transmitir de la misma manera cómo era visualmente nuestro pueblo hace doscientos años.

Y quizá lo más emocionante sea pensar que, después de haber permanecido lejos de Pinto durante generaciones, aquella imagen volvió a encontrarse con sus vecinos.

Doscientos años después, seguimos teniendo la oportunidad de mirar el mismo paisaje que contempló Giuseppe Canella en 1826.

Más información en el libro «Pinto y su historia I«, de Mario Coronas

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