Nos trasladamos en este viaje en el tiempo a finales de los años 20 del siglo XX en Pinto. Una fuente fidedigna nos indica cómo se celebraba el Día de Todos los Santos en aquella época en el Palacete de los Morales, actual Restaurante Panpintao. Mucho han cambiado los tiempos y las formas de celebrar esta fecha, pero veamos cómo se celebraba entonces. Tan solo nueve décadas nos separan.

Entraba el otoño, a finales de octubre, cuando el sol al ocultarse dejaba en el cielo unas coloraciones que iban del rojo fuerte al rojo violáceo y se oía la trompeta de la “Vez”. El hombre que la guiaba avisaba de que su cabra y oveja pasaban por allí, para que saliera a la puerta a recogerla. Y es que el ganado particular se agrupaba cada mañana para ir a pastar, y un hombre se encargaba de llevarlo. Al atardecer, las calles del pueblo se animaban: venían los pares de mulas de arar, el gañán sentado a mujeriegas, cantaba. Por las chimeneas de las casas salía el humo de los hogares, en los que se esperaba a padres o maridos. Las noches ya comenzaban a refrescar y se aproximaba el día de Todos los Santos.

En esa noche de las ánimas se tocaban las campanas a intervalos y era noche de meditación. Las familias se agrupaban en sus cocinas bajas y rogaban por los que se fueron. Se contaban cosas de aparecidos, y con algunas te corría un escalofrío por la espalda. La familia Morales, reunida con amigos en aquel comedor barroco de su propiedad, en la Plaza de Santiago, escuchaba a su vecino, el poeta Gippini, que después de cenar les leía “El monte de las ánimas” de Gustavo Adolfo Bécquer. José Enrique Gippini poseía ese difícil arte de recitar y era un gran narrador de historias.

A media noche todos se dirigían al cementerio del pueblo, en cuya puerta estaba Amalio, el sepulturero, con dos amigos que bebían morapio ante una gran fogata. Se rezaba y las familias se proponían enmendarlos, pero sin mucho éxito, porque las pasiones en la juventud son muy fuertes. De vuelta tomaban las puches con el arrope, típicas de ese día. Con lo que sobraba de la cena, los mozos atascaban las cerraduras de las chicas que preferían, después de las doce de la noche, para que el frío las endureciera. Así acababa la noche más triste del año.

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