La revista El Deporte Velocipédico publicó en 1895 una detallada guía de la carretera de Andalucía que describía el recorrido desde Madrid hasta Valdemoro, con sus ventorros, arroyos, pasos a nivel, cuestas y caminos rurales. Pinto aparecía en aquella ruta como una localidad de apenas 2.300 habitantes, con una de las grandes industrias chocolateras de la época: La Compañía Colonial.

A finales del siglo XIX, montar en bicicleta era mucho más que una actividad deportiva. El velocípedo, como se denominaba entonces a estas máquinas, comenzaba a conquistar las carreteras y a despertar el interés de sociedades ciclistas, aficionados y publicaciones especializadas. Pero salir de Madrid sobre dos ruedas exigía conocer bien el terreno: dónde estaban los cruces, qué pendientes había que superar y qué caminos conducían a las poblaciones cercanas.

Una extraordinaria muestra de aquella nueva cultura ciclista se conserva en las páginas de El Deporte Velocipédico, revista semanal ilustrada cuyo ejemplar del 10 de abril de 1895 dedicó un espacio a la carretera de Andalucía, bajo el título «De Madrid á Valdemoro». La publicación no se limitaba a ofrecer indicaciones para orientarse: reconstruía el paisaje que encontraba el viajero a lo largo de la ruta, kilómetro a kilómetro. <span data-filecite=»turn0file0″></span>

De la Puerta del Sol a la carretera de Andalucía

La Puerta del Sol en 1895

El itinerario comenzaba en pleno corazón de Madrid, en la Puerta del Sol. Desde allí, el recorrido seguía por la calle Mayor, la Plaza Mayor y la calle de Toledo, hasta alcanzar el paseo de los Ocho Hilos y la glorieta del Puente de Toledo.

Una vez cruzado el río Manzanares, el camino giraba a la izquierda y dejaba atrás la carretera de Toledo para continuar por la carretera de Andalucía. En aquellos primeros kilómetros, los ciclistas atravesaban un entorno que combinaba barrios periféricos, lavaderos, establecimientos de carretera y pequeños negocios que daban servicio a quienes viajaban por la zona.

La guía mencionaba también el llamado puente de los Ladrones, el arroyo de Opañel —o del Torero— y diversos pasos a nivel ferroviarios. No era, por tanto, un trayecto completamente aislado del crecimiento de Madrid: ferrocarriles, caminos rurales y carreteras se cruzaban en un territorio que empezaba a transformarse.

El texto describía con especial atención los puntos de referencia que podían ayudar al ciclista a no perderse. En una época anterior a los navegadores, los mapas digitales y la señalización moderna, conocer la ubicación de un puente, una casilla de peones camineros o un ventorro podía resultar fundamental.

Ventorros, paradores y arroyos: las referencias del camino

Uno de los aspectos más curiosos de la publicación es la cantidad de establecimientos y accidentes geográficos que utilizaba para describir el recorrido.

A la altura de los primeros kilómetros se encontraban el portazgo, pasos ferroviarios y el arroyo de Prado Longo, que se salvaba mediante un puente conocido como Prolongo. La revista explicaba que esta denominación podía proceder de una contracción del nombre del arroyo.

También aparecían el parador y ventorro de la Sorda, el denominado Coto de la Legua y una pendiente que recibía su nombre de aquel paraje. Más adelante, la carretera pasaba junto a los antiguos paradores de Arriba y de Abajo, además de otros establecimientos donde los viajeros podían reconocer el lugar en el que se encontraban.

En el kilómetro 10, la publicación situaba los talleres de la estación de las Delicias, un paso a nivel del ferrocarril de Ciudad Real y el ventorro de Vicente García, conocido popularmente como Tarroja. Desde allí partía otro camino en dirección a Perales y Villaverde.

Estos nombres componen una pequeña fotografía del paisaje cotidiano de finales del siglo XIX. La carretera no era solamente una infraestructura para desplazarse: constituía un espacio de actividad económica y de comunicación entre Madrid y las localidades de su entorno.

El Cerro de los Ángeles y la llegada a los alrededores de Pinto

El Cerro de los Ángeles a finales del siglo XIX

A medida que el recorrido avanzaba hacia el sur, la guía señalaba nuevos puntos de interés. Uno de ellos era el Cerro de los Ángeles, cuya ermita, dedicada a la Virgen de los Ángeles, servía como referencia para quienes circulaban por la carretera.

El autor destacaba que, desde lo alto del cerro, en los días despejados se dominaba una amplia extensión de terreno, tanto de la provincia de Madrid como de las limítrofes. La publicación también recogía la tradición de las peregrinaciones que realizaban los vecinos de Getafe hasta aquel lugar durante la Pascua de Pentecostés.

La ruta continuaba por parajes agrícolas y caminos secundarios, con referencias a cañadas ganaderas, ventorros y pendientes. Entre ellas figuraba la cuesta de las Tres Alcantarillas, que contribuía a identificar el tramo de carretera.

La descripción permite imaginar las condiciones de aquellos desplazamientos: un recorrido en el que el ciclista debía prestar atención al firme, a las pendientes y a los numerosos cruces, mientras atravesaba un paisaje todavía marcadamente rural.

Pinto, a un kilómetro de la carretera general

La llegada a las inmediaciones de Pinto constituye uno de los pasajes más interesantes para recuperar la historia local.

La revista situaba en el kilómetro 20 los prados de Pinto, un camino que atravesaba la carretera y comunicaba con la localidad desde Perales, y el parador de Vicente Muñiz.

La publicación advertía expresamente de que Pinto se encontraba a un kilómetro de la carretera general. Es decir, quienes circulaban por la carretera de Andalucía no atravesaban directamente el núcleo urbano: debían tomar uno de los caminos de acceso para llegar a la población.

Aquel dato ayuda a comprender la relación entre la villa y las grandes vías de comunicación. Aunque Pinto se encontraba próximo al itinerario, el viajero que continuaba hacia Valdemoro podía pasar por la carretera sin entrar en el pueblo.

El autor aprovechó la ocasión para ofrecer una pequeña descripción de la localidad. Según la guía, Pinto, «una villa muy antigua», contaba entonces con unos 2.300 habitantes y conservaba diversos testimonios de su pasado histórico.

La Torre de Pinto en una imagen de 1895

Entre ellos destacaba la iglesia parroquial de Santo Domingo de Silos, de la que el texto elogiaba su portada y su amplia escalinata, así como un torreón que vinculaba con la antigua fortaleza y el señorío de la villa. También mencionaba el paseo del Egido, situado junto a la iglesia, con un puente sobre un pequeño arroyo y la existencia de un teatro instalado en un antiguo granero situado junto a la iglesia.

La referencia al Egido resulta especialmente evocadora: aquel espacio ya formaba parte de la vida cotidiana de los pinteños a finales del siglo XIX, como lugar de paseo próximo al principal templo de la población.

El recorrido por la población incluye asimismo las ermitas del Cristo del Calvario, Santiago y San Antonio Abad, situadas en las afueras. La publicación se detiene incluso en algunos establecimientos y profesionales de la época. Así, identifica el café de José María Serrano, situado en la calle de la Botica Vieja, y recoge los nombres de los médicos José Vicente Anca y Pablo Puerta, así como los de los cerrajeros Pedro Cairero y José María Pérez.

La Compañía Colonial, una industria destacada en el Pinto de 1895

La guía no olvidaba la actividad económica de la villa. Entre sus establecimientos industriales citaba expresamente la fábrica de chocolates de La Compañía Colonial, situada en terrenos contiguos a la estación ferroviaria de la línea de Madrid a Zaragoza y Alicante.

Esta mención es particularmente valiosa para la historia de Pinto. La Compañía Colonial no aparecía como una simple curiosidad, sino como una de las industrias que merecían ser señaladas al describir la localidad a los lectores de una revista especializada.

La fábrica modelo de La Compañía Colonial en una imagen tomada desde la Torre de Pinto en 1895

La proximidad entre la fábrica y la estación ilustra, además, la importancia que tenían las comunicaciones ferroviarias para la actividad industrial. El tren facilitaba el transporte de mercancías y conectaba la producción local con otros mercados.

Para quienes recorrían la carretera en bicicleta, la fábrica y la estación constituían también referencias para comprender la posición de Pinto dentro de aquella red de caminos y transportes.

La cuesta del tío Paquillo y el camino hacia Valdemoro

Tras describir Pinto, la guía retomaba el itinerario principal y continuaba detallando los kilómetros siguientes.

En el kilómetro 21 aparecían un ventorro y el puente de San Antón, bajo el cual pasaba la carretera que comunicaba Pinto con San Martín de la Vega. En el kilómetro 22 se señalaba otro camino que conducía a la localidad.

Más adelante, el texto identificaba un paraje denominado la Machina, una casilla de peones camineros y la cuesta del tío Paquillo. El nombre de esta pendiente procedía, según explicaba la revista, de un antiguo parador que se encontraba entonces arruinado y cuyo propietario había dado nombre al lugar.

Es uno de esos detalles que convierten la guía en un documento histórico especialmente atractivo. La carretera no se describía mediante referencias abstractas, sino a través de nombres populares, establecimientos desaparecidos y elementos reconocibles para quienes conocían el territorio.

En el kilómetro 24 se encontraba otro paso a nivel del ferrocarril de Madrid a Zaragoza y Alicante. Después llegaba la cuesta de Valdeloshielos y, en el kilómetro 26, un camino que partía a la derecha en dirección a Valdemoro.

Finalmente, en el kilómetro 27, la carretera cruzaba otro camino que comunicaba Valdemoro con la finca de Bozquez. Tras pasar el puente de la Sebastiana, el viajero entraba en la población.

La sucesión de referencias permite reconstruir una parte del itinerario con notable precisión: desde los prados y caminos de acceso a Pinto hasta las pendientes, los pasos ferroviarios y el puente que precedía a la entrada en Valdemoro.

Valdemoro, destino de la ruta

La publicación calculaba que Valdemoro tenía unos 2.700 habitantes y describía algunos de sus edificios más destacados.

Entre ellos figuraban la parroquia de Nuestra Señora de la Asunción, el convento de Santa Clara y la ermita del Santo Cristo de la Salud. La guía dedicaba especial atención al interior de la iglesia, a su capilla mayor y a diversas obras artísticas que conservaba.

También recordaba la fundación del convento de Santa Clara por el duque de Lerma en 1610 y señalaba algunos establecimientos y equipamientos de la población de finales del siglo XIX.

La descripción de Valdemoro completaba así el propósito de la publicación: ofrecer al ciclista información sobre el camino, pero también sobre los lugares que podía visitar al llegar a su destino.

Una carretera que también contaba la historia de Pinto

El recorrido de Madrid a Valdemoro que describía El Deporte Velocipédico es mucho más que una antigua guía de carretera. Sus páginas conservan nombres de parajes, puentes, arroyos, establecimientos y caminos que ayudan a comprender cómo se articulaba el territorio hace más de 130 años.

Para la historia de Pinto, el documento ofrece varios datos de interés: la distancia de aproximadamente un kilómetro entre la carretera general y el núcleo urbano, la presencia del parador de Vicente Muñiz, los caminos que enlazaban con Perales y San Martín de la Vega, la descripción del paseo del Egido y la referencia expresa a La Compañía Colonial.

Conviene precisar que estas páginas no narran una competición concreta ni ofrecen una clasificación de corredores. Su valor reside en documentar el itinerario y las condiciones del recorrido en una época en la que la bicicleta empezaba a consolidarse como medio de excursión y práctica deportiva.

Gracias a esta publicación podemos imaginar a aquellos primeros ciclistas abandonando Madrid, cruzando el Manzanares, avanzando entre ventorros y campos de labor, reconociendo las cuestas por sus nombres populares y aproximándose a Pinto antes de continuar hacia Valdemoro.

Una pequeña aventura sobre dos ruedas que, más de un siglo después, nos permite recuperar un paisaje histórico de nuestro entorno y descubrir cómo se veía Pinto desde una de las principales carreteras que comunicaban Madrid con el sur de la región.

De la Puerta del Sol al Puente de Toledo, kilómetro a kilómetro

El recorrido comenzaba en la Puerta del Sol de Madrid. Desde allí, la carretera seguía por la calle Mayor, la plaza Mayor y la calle de Toledo, hasta salir al paseo de los Ocho Hilos y alcanzar la glorieta del Puente de Toledo.

Tras cruzar el río Manzanares, el itinerario giraba hacia la izquierda, dejando al frente la carretera de Toledo y, algo más a la derecha, el camino que conducía a Fuenlabrada.

En este punto comenzaba la descripción kilométrica de la carretera de Andalucía. La guía no se limitaba a señalar las distancias: identificaba puentes, pasos a nivel, arroyos, caminos secundarios y establecimientos que servían de referencia a quienes recorrían la ruta.

El recorrido kilómetro a kilómetro

Kilómetro 1: el puente de los Ladrones

Una vez pasado el Manzanares, el viajero encontraba el puente llamado de los Ladrones. A la derecha partía el atajo de Villaverde y, en ese mismo entorno, se encontraba la primera casilla de peones camineros, también situada a la derecha.

Estas casillas eran pequeñas construcciones vinculadas al mantenimiento y la conservación de las carreteras.

Kilómetro 2: el camino de la Sangrería y el arroyo de Opañel

En este tramo se encontraba el camino de la Sangrería, así como un paso a nivel del ferrocarril de vía estrecha de San Martín de Valdeiglesias, que la revista describía como una línea ya abandonada.

También se encontraba un puente bajo el cual pasaba el arroyo de Opañel, denominado igualmente arroyo del Torero.

La publicación señala que, desde el Puente de Toledo, se extendía a ambos lados de la carretera un barrio relativamente populoso, con lavaderos y ventorros. Al otro lado del río discurría el paseo del Canal, y los ciclistas utilizaban un puente de tablas para alcanzar la carretera por el camino que consideraban más cómodo.

Kilómetros 3 y 4: un tramo sin descripción individualizada

La revista no ofrece una relación específica de los elementos que podían encontrarse en los kilómetros 3 y 4. Por tanto, no es posible reconstruir sus referencias concretas a partir de esta guía sin recurrir a otras fuentes.

Kilómetro 5: el portazgo

La única referencia que recoge el artículo para este punto es el portazgo, una instalación asociada al cobro por el tránsito por determinados caminos y carreteras.

La revista no proporciona más detalles sobre su funcionamiento ni sobre las tarifas que pudieran aplicarse.

Kilómetro 6: el arroyo de Prado Longo y Las Carolinas

En este punto, los ciclistas atravesaban un paso a nivel del ferrocarril de Malpartida, perteneciente a la línea de Cáceres y Portugal.

También cruzaban el arroyo de Prado Longo mediante un puente conocido como Prolongo, nombre que el autor interpreta como una posible contracción de la denominación del arroyo.

En las inmediaciones se encontraban varios caseríos, entre ellos dos ventorros que formaban parte del barrio de Las Carolinas, perteneciente a Villaverde.

Los ventorros eran establecimientos que servían de parada y descanso a los viajeros, de modo que constituían referencias importantes en una carretera recorrida por carruajes, caballerías y, cada vez más, bicicletas.

Kilómetro 7: el ventorro y el parador de la Sorda

La guía destaca la presencia de tres alcantarillas y, además, del ventorro y el parador de la Sorda.

Desde la parte posterior del ventorro salía un camino que se dirigía hacia Perales del Río y San Martín de la Vega.

Este dato muestra cómo la carretera principal se conectaba con los caminos rurales que comunicaban las distintas poblaciones y explotaciones agrícolas de la zona.

Kilómetro 8: el Coto de la Legua

El autor identifica este tramo con el nombre de Coto de la Legua, denominación que relaciona con la ligera pendiente existente en la carretera.

La referencia es breve, pero demuestra que algunos parajes eran conocidos por nombres propios que servían para identificar determinados puntos del recorrido.

Kilómetro 9: el arroyo Butarque y los antiguos paradores

A la derecha salía un camino que conducía a Villaverde. En este tramo se cruzaba el arroyo Butarque y se pasaba junto a dos establecimientos que la revista distinguía como el Parador de Arriba y el Parador de Abajo.

El primero, situado a la derecha, había dejado de funcionar como parador y se utilizaba entonces como casa de labranza. El segundo quedaba a la izquierda.

La descripción permite imaginar un paisaje en el que las instalaciones destinadas al descanso de los viajeros convivían con las explotaciones agrícolas.

Kilómetro 10: la estación de Delicias y el ventorro de Tarroja

En el kilómetro 10 se encontraban los talleres de la estación de las Delicias y un paso a nivel del ferrocarril de Ciudad Real.

A pocos metros aparecía el ventorro de Vicente García, conocido por el apodo de Tarroja.

Cerca de este establecimiento, la carretera cruzaba otro camino que conducía a Perales y Villaverde. La revista aprovecha la referencia a Villaverde para señalar su proximidad a Madrid y la existencia de dos estaciones de ferrocarril en su entorno.

Kilómetro 11: el ferrocarril de Madrid a Zaragoza y Alicante

El siguiente punto destacado era el paso a nivel de la línea ferroviaria de Madrid a Zaragoza y Alicante, una infraestructura que volverá a aparecer más adelante en el recorrido, ya cerca de Pinto.

Kilómetro 12: los caminos de Getafe y Perales

A la derecha partía un camino hacia Getafe y, a la izquierda, otro hacia Perales.

Junto a la carretera, en un lugar elevado, había una casilla de peones camineros.

La presencia de estos caminos vuelve a mostrar la importancia de las conexiones transversales entre la carretera de Andalucía y las poblaciones próximas.

Kilómetro 13: otra conexión con Getafe y Perales

La revista señala otro cruce: a la izquierda, el camino hacia Perales y, a la derecha, el que conducía a Getafe.

El autor no destaca ningún otro elemento de interés en este tramo.

Kilómetro 14: el cerro de los Ángeles

Uno de los puntos más reconocibles del recorrido era el cerro de los Ángeles, situado a la izquierda de la carretera. En su cima se encontraba una ermita consagrada a la Virgen de los Ángeles.

La publicación recuerda que los vecinos de Getafe acudían allí en peregrinación todos los años por Pascua de Pentecostés.

El autor también destaca las vistas que podían contemplarse desde la cumbre en los días despejados, con una extensa panorámica de la provincia de Madrid y de los territorios limítrofes.

Al comienzo del tramo salía un camino hacia la ermita. Al final, a la derecha, junto a una yesería y el ventorro del Tuerto, nacía una carretera transversal que unía las carreteras de Andalucía y Toledo. Esta vía llegaba a Getafe, localidad que, según la guía, quedaba a tres kilómetros de la primera carretera.

Kilómetro 15: el camino hacia Perales del Río

En este punto se encontraba otro camino que salía hacia la izquierda y conducía a Perales del Río.

La referencia es breve, pero resulta útil para reconstruir la red de comunicaciones rurales que se extendía alrededor de la carretera principal.

Kilómetro 16: una cañada de ganados y el ventorro de Puntas

La guía menciona una cañada de ganados y, a la derecha, el ventorro de Puntas.

La cañada era una vía destinada al tránsito del ganado, lo que recuerda que aquella carretera atravesaba un territorio donde los desplazamientos agrícolas y ganaderos seguían teniendo un peso importante.

Kilómetro 17: la cuesta de las Tres Alcantarillas

Aproximadamente a mitad de este tramo comenzaba una pendiente conocida como cuesta de las Tres Alcantarillas.

El nombre constituía una referencia para identificar el terreno y advertir a los viajeros de la presencia de una subida.

Kilómetro 18: el arroyo Culebro

La descripción del kilómetro 18 recoge una alcantarilla, una casilla de peones camineros situada a la derecha, un camino hacia Getafe y un puente sobre el arroyo Culebro.

Este arroyo constituye una referencia geográfica especialmente importante para el recorrido hacia Pinto, pues aparece inmediatamente antes del tramo que la publicación relaciona con los prados de la localidad.

Kilómetro 19: un tramo sin elementos destacables

El autor afirma que no había nada notable que señalar en el kilómetro 19.

La ausencia de referencias también forma parte de la descripción histórica: permite distinguir los puntos que el redactor consideraba relevantes de aquellos en los que no encontró accidentes o establecimientos dignos de mención.

Pinto, protagonista del tramo final

Kilómetro 20: los prados de Pinto y el parador de Vicente Muñiz

Es en este punto donde la descripción adquiere especial interés para la historia de Pinto.

La revista señala que los terrenos adyacentes estaban constituidos por los prados de Pinto. En el mismo tramo había una alcantarilla, un camino que atravesaba la carretera y que, procedente de Perales, se dirigía hacia Pinto, y el denominado parador de Pinto, propiedad de Vicente Muñiz.

El autor aprovecha la proximidad de la localidad para ofrecer una descripción de sus principales atractivos. Según la publicación, Pinto contaba entonces con 2.300 habitantes y disponía de varios establecimientos industriales, entre los que destacaba la fábrica de chocolates de La Compañía Colonial.

La fábrica se encontraba en terrenos contiguos a la estación del ferrocarril de Madrid a Zaragoza y Alicante. Este detalle es particularmente relevante, ya que documenta la ubicación de una de las principales referencias industriales de Pinto junto a una infraestructura ferroviaria fundamental para el transporte de personas y mercancías.

La revista describe Pinto como una villa muy antigua. Entre sus edificios destaca la iglesia parroquial de Santo Domingo de Silos, cuya portada y amplia escalinata merecen elogios. También menciona el torreón de una antigua fortaleza, que relaciona con el Ducado de Arévalo.

Según el relato histórico incluido en el artículo, en 1476 el duque entregó la fortaleza a Rodrigo de Mendoza y, el 26 de julio de 1579, la princesa de Éboli fue conducida a ella por decreto de Felipe II.

En las afueras, el autor identifica tres ermitas: la del Cristo del Calvario, la de Santiago y la de San Antonio Abad.

La descripción de la vida cotidiana incluye el paseo del Ejido, situado junto a la iglesia y provisto de un puente sobre un pequeño arroyo. En un antiguo granero cercano se había instalado un teatro. Además, en la calle de la Botica Vieja se encontraba el café de José María Serrano.

La revista recoge también los nombres de los médicos José Vicente Anca y Pablo Puerta, así como los de los cerrajeros Pedro Cairero y José María Pérez.

Todos estos detalles convierten la guía en una fuente documental de gran valor para conocer no solo los monumentos de Pinto, sino también algunos de sus establecimientos, servicios y espacios de sociabilidad a finales del siglo XIX.

Kilómetro 21: el ventorro y el puente de San Antón

Después de describir Pinto, la revista regresa a la carretera y señala que en el kilómetro 21 se encontraban el ventorro y el puente de San Antón.

Por debajo del puente pasaba la carretera que desde Pinto se dirigía a San Martín de la Vega.

La referencia permite identificar una de las conexiones viarias de la localidad y muestra que los caminos que partían de Pinto no se limitaban a enlazar con Madrid, sino que también facilitaban las comunicaciones con otras poblaciones de la comarca.

Kilómetro 22: otro camino hacia Pinto

En el kilómetro 22, la publicación señala otro camino situado a la derecha que conducía a Pinto.

La repetición de estas referencias demuestra que la localidad disponía de varios accesos desde la carretera general, circunstancia importante para comprender su relación con las poblaciones y los terrenos agrícolas de los alrededores.

Kilómetro 23: la Machina y la cuesta del tío Paquilillo

En este punto se encontraba el lugar conocido como la Machina, donde había una casilla de peones camineros.

La guía menciona también la cuesta del tío Paquilillo, cuyo nombre procedía de un antiguo parador. El autor explica que el establecimiento se encontraba arruinado y que su propietario había sido quien dio nombre al lugar.

Se trata de uno de los detalles más curiosos de la ruta: una denominación popular que había sobrevivido al propio establecimiento que la originó.

Kilómetro 24: un nuevo paso a nivel

En este tramo, la carretera atravesaba otro paso a nivel del ferrocarril de Madrid a Zaragoza y Alicante.

La presencia de este cruce ferroviario vuelve a poner de manifiesto la estrecha relación entre la carretera y las infraestructuras del ferrocarril en este sector del sur de Madrid.

Kilómetro 25: la cuesta de Valdeloshielos

La revista identifica en este punto la cuesta de Valdeloshielos, otro de los accidentes del terreno que servían para orientar a los viajeros.

No ofrece más información sobre sus características ni sobre las condiciones de la pendiente.

Kilómetro 26: el camino hacia Valdemoro

A la derecha partía un camino que conducía a Valdemoro. La localidad se encontraba ya cerca del final del recorrido descrito por la revista.

Kilómetro 27: el puente de la Sebastiana y la entrada en Valdemoro

En el último tramo de la guía, el autor menciona otro camino que, desde Valdemoro, se dirigía a la finca denominada Bozquez.

Después de cruzar el puente de la Sebastiana, se entraba en Valdemoro, población a la que la revista atribuía 2.700 habitantes.

La publicación continúa con una descripción de sus edificios y lugares de interés, entre ellos la iglesia parroquial de la Asunción, el convento de Santa Clara y la ermita del Santo Cristo de la Salud.

Con la llegada a Valdemoro concluye el recorrido que nos permite seguir, casi kilómetro a kilómetro, las indicaciones de la guía ciclista de 1895.

Una carretera que también cuenta la historia de Pinto

La descripción de El Deporte Velocipédico ofrece una imagen de la carretera de Andalucía muy diferente de la actual. El trayecto estaba jalonado de puentes, arroyos, pasos a nivel, casillas de peones camineros, ventorros, paradores y caminos que comunicaban las poblaciones con los terrenos agrícolas de los alrededores.

En el caso de Pinto, la guía aporta información especialmente valiosa: cifra su población en 2.300 habitantes, documenta la presencia de La Compañía Colonial junto a la estación ferroviaria, describe la iglesia de Santo Domingo de Silos y el torreón de la antigua fortaleza, y recuerda espacios como el paseo del Ejido, el teatro instalado en un antiguo granero y el café de la calle de la Botica Vieja.

También deja constancia de nombres que formaban parte del paisaje cotidiano de la época, como los prados de Pinto, el parador de Vicente Muñiz, el puente de San Antón y la cuesta del tío Paquilillo.

Más de 130 años después, esta guía permite recuperar una parte de la memoria de los caminos que unían Madrid, Pinto y Valdemoro. Una historia en la que las grandes referencias monumentales conviven con pequeños detalles de la vida diaria, tan valiosos para reconstruir cómo era realmente el territorio.

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