Mucho antes de que en Pinto comenzaran a llamarle “el cura loco”, Antonio Marcos Cárceles había sido una figura relativamente conocida en determinados círculos religiosos de Madrid. Su nombre aparecía con frecuencia en la prensa de finales del siglo XIX asociado a sermones, novenas y actos litúrgicos de gran solemnidad. Durante algunos años, llegó incluso a ser considerado una de las jóvenes promesas de la oratoria sagrada madrileña.

Antonio Marcos era natural de Murcia, donde en 1873 solicitó su ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza Alfonso X El Sabio. También sabemos que procedía de la diócesis de Murcia antes de instalarse en Madrid.

Firma de Antonio Marcos Cárceles en 1873, solicitando su ingreso en el Instituto de Segunda Enseñanza de Murcia

La imagen que transmitían los periódicos de la época dista mucho de la del personaje extravagante y desconcertante que años después asombraría a los vecinos de Pinto.

Las primeras referencias destacadas aparecen en 1897. Aquel año, durante las celebraciones de la Inmaculada Concepción en la parroquia de San Martín de Madrid, Antonio Marcos Cárceles participó como predicador principal de la novena y de la solemne función del 8 de diciembre. La prensa quedó impresionada por su capacidad oratoria.

El diario El Correo Español, del 9 de diciembre de 1897, describía con entusiasmo el ambiente de aquellas celebraciones. El templo aparecía adornado con profusión de flores y colgaduras, destacando la imagen de la Virgen bajo un gran pabellón iluminado con luz eléctrica, un detalle muy moderno para la época. Pero, por encima de todo, el periódico ensalzaba la figura del joven predicador.

Según el diario, Antonio Marcos Cárceles habló durante toda la novena sobre los testimonios de las Sagradas Escrituras, los concilios, los santos padres y la tradición de la Iglesia, aportando innumerables citas y referencias para defender el misterio de la Concepción. El periodista destacaba especialmente la pasión con la que hablaba:

“Conmovió profundamente al auditorio”, afirmaba el periódico, señalando que en algunos momentos llegaba a emocionarse hasta el punto de interrumpirse la frase en sus labios.

El mismo artículo terminaba augurándole un gran futuro:

“Nuestra enhorabuena también al clero madrileño, que desde hoy cuenta con un nuevo y elocuente orador, futura gloria de la cátedra sagrada”.

Aquellos elogios no fueron aislados.

Pocos días después, el 11 de diciembre de 1897, se celebraron en la iglesia de San Martín solemnes honras fúnebres por los soldados españoles muertos en la guerra de Cuba, especialmente por los llamados “héroes de Guisa”. Antonio Marcos Cárceles fue el encargado de pronunciar la oración fúnebre.

La prensa volvió a rendirse ante él. El Nacional aseguró que había logrado arrancar lágrimas al auditorio gracias a una elocuencia capaz de tocar “los sentimientos religiosos y patrióticos” de los asistentes. Otros periódicos, como El Globo, La Época o El Ejército Español, también destacaron su intervención, presentándolo como un brillante orador sagrado.

El Nacional, 11 de diciembre de 1897, página 3

En marzo de 1898 su carrera parecía alcanzar uno de sus puntos culminantes. Diversos diarios madrileños anunciaban su nombramiento como capellán de honor y predicador de Su Majestad, un reconocimiento importante dentro del ámbito eclesiástico y cortesano.

El Imparcial, 9 de marzo de 1898, página 3.

Durante aquellos años, Antonio Marcos Cárceles predicó en numerosas iglesias de Madrid. Su nombre aparece asociado a cultos celebrados en San Martín, Santa Teresa y Santa Isabel, San Marcos, las Descalzas Reales, las Comendadoras o Nuestra Señora de Covadonga. Novenas, septenarios, sermones de Semana Santa y actos religiosos de gran solemnidad contaban frecuentemente con su participación.

En la prensa se repetían siempre las mismas expresiones: “elocuente orador sagrado”, “reputado predicador”, “vibrantes frases”, “entusiasta y patriótico sermón”.

Sin embargo, tras aquella imagen de éxito comenzaban a ocultarse problemas que apenas trascendían públicamente.

Con el paso del tiempo, Antonio Marcos Cárceles empezó a arrastrar importantes deudas. Aunque los fieles acudían en gran número a escucharle predicar, su situación económica parecía ser cada vez más complicada. Había sido capellán del marqués de Canales y estaba adscrito a la parroquia de San Martín, pero nunca ocupó cargos de gran relevancia dentro de la estructura eclesiástica madrileña.

Y entonces ocurrió algo extraño.

De forma repentina, comenzó a circular la noticia de que el obispo le había retirado las licencias eclesiásticas. Nadie explicaba claramente las razones. La prensa hablaba de ello con cierta ambigüedad, dando a entender que existían motivos importantes, aunque desconocidos para la mayoría del clero.

A partir de ese momento, Antonio Marcos Cárceles desapareció prácticamente de la vida pública madrileña y se retiró a Pinto.

Más información en el libro Pinto y su historia I, de Mario Coronas

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